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domingo, 14 de noviembre de 2010

Los mellizos

por Mariano Fiszman


treinta de octubre nacieron los Soriano

de mil nueve ochenta y tres ultimo año

que Atlanta ascendió a la A

hicieron inferiores

en General Paz Juniors juntos

como cuando crecían adentro

de la pelota que la madre se robó

en dos mil cuatro Alfredo Abel fue transferido

a Newell’s Old Boys de Laguna Larga Córdoba

Carlos Andrés se quedó solo en General

Paz Juniors vino a Atlanta

fue el goleador del equipo

Belgrano lo compró

y a Atlanta vino Alfredo Abel

fue el goleador del equipo

Belgrano lo compró -no comparten

ningún partido oficial

a Andrés lo venden a Ecuador

a Deportivo Cuenca a Éspoli Abel

volvió a General Paz Juniors solo

jugó en Luján

de Cuyo en Racing

de Córdoba y bajó a

Buenos Aires a

Social Español Andrés

volvió a Belgrano

volvió a Atlanta

fue el goleador del equipo

-tres veces hace tres goles y es figura

en dos mil diez el club compra a su hermano

para que jueguen juntos

vuelva a ser

treinta de octubre y lo festejen con un gol

dos muñequitos de torta

prendida fuego la cabeza hasta los hombros


viernes, 2 de julio de 2010

Di Benedetto, los mundiales y yo

por Mariano Fiszman

Un lunes de junio de 1986, el día después que ganamos la final del Mundial contra Alemania, yo viajaba parado en un colectivo lleno releyendo la crónica del partido cuando algo me hizo correr hasta la puerta y saltar de repente.
El diario era LA RAZÓN, ya de un tamaño normal, no tipo sábana, pero igual se me hacía difícil leerlo sin perder el equilibrio en ese colectivo 100 que aceleraba por Cerrito mientras sostenía en la otra mano un maletín negro y duro donde llevaba papeles, plata, cheques, boletos, talonarios, etcétera, y con el meñique y el anular de esa mano enganchados a su vez en un pedacito curvo de caño. Yo: 21 años, cadete, quince o veinte viajes por día de una punta a la otra de Buenos Aires guardando todos los boletos como comprobante, comiendo platos del día en fondas de Flores o Villa Zagala también con comprobante, y en busca de un bar viejo vacío en Versalles o Pompeya o Retiro para sentarme al final de la tarde, pedir un café, abrir el maletín y sacar el libro que se asfixiaba adentro. Y adentro de esas cincuenta horas semanales cadeteando, yo: cara de nene flaco y alto, rulitos, una novia con la que no podía coger y muchas fantasías, demasiadas. Fantaseaba, entre otras cosas, con ser escritor. Leía, miraba el mundo por las ventanillas de los colectivos, a veces me quedaba dormido con el maletín entre las piernas.
Esa tarde fría y de sol, en el 100, cuando levanté la vista de las fotos del diario que hacía horas que no podía parar de mirar, Cerrito ya se había convertido en Lima, y en el cruce con Belgrano, parado en la vereda esperando el semáforo, estaba Antonio Di Benedetto. Lo reconocí por su foto en los diarios y en la contratapa de una edición de Zama que había en la biblioteca de mis viejos. No conocía otros libros escritos por él, sólo la historia de su sufrimiento que los diarios habían contado como un cuentito rosa, o verde, o negro, del color que se usara esa temporada, antes de volver a colgarlo en el desván. Entonces hice algo repentino, algo que todavía me sorprende. Me abrí paso entre la gente, bajé, crucé Belgrano corriendo antes que los autos y me acerqué a Di Benedetto. Él tenía unos sesenta años (sesenta y tres, calculo ahora), el pelo corto y blanco y la barba blanca. Era petiso y magro. Usaba un traje azul recto, camisa blanca y corbata negra, sin chaleco ni pulóver, y esos anteojos de marco grueso de sus fotos. La piel del traje era fina y brillosa, con rayitas. La tela del cuello de la camisa raída en las puntas. Supongo que le dije que había leído Zama y de alguna forma le transmití mi admiración, mi entusiasmo. Él me escuchó con la misma amabilidad en la sonrisa y en la mirada. Tenía voz y modales suaves, una elegancia enorme y sutil, como la de su escritura. Tuvo la delicadeza de preguntarme cómo me llamaba y si escribía. Al final nos dimos la mano, él cruzó la 9 de Julio y yo Belgrano, cada uno siguió su camino. En total fueron sólo dos o tres cambios de semáforo.
Di Benedetto murió en silencio cuatro meses después. Pasó tiempo, seis Mundiales hasta éste. Yo fui leyendo sus libros, cada vez los valoro más. No volvimos a salir campeones. Ahora todos los bares tienen tele.
Ayer tenía que ir al centro a hacer trámites y salí de mi casa pensando en comprarle un libro de Di Benedetto a un amigo que cumple años el sábado, Los suicidas o El silenciero. Era un día muy parecido a aquel, frío y de sol, y otra vez Argentina contra Alemania, otra vez la ilusión que es Maradona en todos los kioscos de diarios. Caminaba de un trámite a otro cuando me encontré de nuevo en Belgrano y 9 de Julio. Me quedé un rato parado en el mismo lugar, mirando alrededor atentamente, recuperando los detalles de aquella escena. La calle casi no cambió. En una mesa del bar de la esquina, Chiche Sosa miraba el partido de Paraguay contra Japón con el cuello estirado y los ojos muy abiertos, como si la tele, desde su estante alto, le succionara la cabeza.
Terminé mis trámites (ir a una editorial por trabajo, registrar un libro nuevo, presentarlo a un concurso) y entré a otro bar, el de Belgrano y Perú. En una mesa del fondo, con los ojos fijos en la pantalla, estaba un escritor que conozco, uno más, como yo. No nos saludamos. Me senté un par de mesas adelante, pedí café y empecé a escribir mientras miraba el final del partido.

martes, 15 de junio de 2010

Sueños mundialistas II

Fer, yo antes del mundial pasado soñé que estaba en un entrenamiento de la selección en Ezeiza.
Estábamos parados en fila en un pasillo largo que al final tenía un arco. A la altura de la mitad del pasilo estaba Pekerman vestido con el equipo de gimnasia oficial. Él tiraba una pelota, la soltaba con las dos manos despacito dejándola ahí adelante y había que pegarle al arco. Yo pensaba ésto es una boludez. Van pateando todos los jugadores por turno. Adelante mío está Saviola. Patea. Me toca. Pekerman me tira la pelota pero es un pollo. Un pollo crudo sin cortar. Yo le doy con todo, el pollo da tres o cuatro vueltas débiles sobre su eje y queda ahí nomás.
Fin del sueño.

miércoles, 9 de junio de 2010

El Ángel

por Mariano Fiszman

Entre los 23 nuestros hay un jugador que, más allá de valoraciones más amplias, es un fenómeno, quiero que le vaya bien y creo que la va a romper ahora y en todo lo que juegue: Ángel di María. Qué nombre para jugar en un equipo que le debe mucho a la mano de Dios. Di María: muy flaquito, potrero, zurda, crack, ojos brillantes, velocidad, napia, caños, tacos, rebonas, ayudar al tres, la cortada de Messi lo deja mano a mano, para de pecho el pase largo de Verón, cómo cobra, algo de Ardiles y algo de Discépolo, mucho gol de emboquillada, chutazo y tres dedos.
No sé si ustedes tienen un jugador del que, además de admirar cómo juega, se sienten amigos, festejan más sus aciertos y entienden sus errores, sienten que lo quieren en definitiva, y lo defienden de las puteadas como si fuera el sobrino o el hermano de ustedes.
Este mundial, ese amigo querido para mí es Di María.

sábado, 5 de junio de 2010

Claridad

Esto es de la página sentimientobohemio.com.ar

AÑO X - NÚMERO 343 / Lunes 31 de mayo de 2010

ENRIQUE MARTIN, DE MEMORIA
De ascensos y descensos
POR ENRIQUE MARTIN


Una escena de los '80.

Se fue Chacarita y llegó All Boys ¿Nos toca en algo? Bueno, sin querer competir con la interesante nota aparecida en SB la semana anterior, se me ocurren algunas cositas para compartir con los lectores. En principio, reiterar por enésima vez que el único rival clásico de Atlanta es Chacarita, que es y será Chacarita, inclusive porque ellos también lo siente así. Lo de All Boys es un invento de la modernosa enemistad de pibes, que si conocieran la historia no le darían ni cinco de bola a los de Monte Castro (que de ese barrio son y no de Floresta). Atlanta jugó 45 temporadas en primera división y All Boys apenas 8, con la salvedad que hubiesen sido una o dos, con suerte, dado que en aquella década del 70 se suspendieron los descensos. Cuando los reinstauraron, All Boys marchó.

Otra cosa. He leído por ahí que All Boys se reclama clásico de Nueva Chicago, y eso es cierto, porque los dos animaron cien años la vieja Primera B. Suena ridículo que los de Mataderos pretendan ser el clásico de Vélez, como suena más ridículo aun que los de Vélez se erijan en el supuesto clásico de San Lorenzo. Son boludeces. Pendejadas. La historia está escrita. San Lorenzo con Huracán, Vélez con Ferro (mal que les pese), All Boys con Chicago y Atlanta con Chacarita. Ah, y Platense con Tigre. Y Argentinos que se arregle, pese a su digna consagración.

Ahora bien. Chaca se fue y All Boys volvió después de 30 años. Esto es otra cosa. No, para envidiar, sino para tomar nota. Lo de Chacarita era previsible. Llegaron como pudieron, apostaron a los mismos jugadores; la cancha no está terminada, cambiaron cuatro técnicos y terminaron todos peleados. Un desastre coronado con la vuelta a la B Nacional. Bienvenidos.

El caso de All Boys es diferente. Y aunque se enojen los bohemios, y se enoje Korz y quien quiera enojarse, este club hace rato que hace las cosas bien. Despacito construyó su estadio de cemento, bien cerradito, bien hecho, bien pensado. Tiene iluminación y capacidad para jugar en primera. Suman socios y los socios y los hinchas (igual que los de Atlanta, ponen y ponen; en esto estamos iguales). Ellos tienen un espíritu barrial que nos supera, por aquello que el Villa Crespo cosmopolita se diluyó en la nada. El barrio está perdiendo identidad, y Atlanta hace rato que perdió hinchas en el barrio. All Boys no. Hay mancomunidad. Y es notoria. En Atlanta no es así.

Tampoco es igual el manejo del fútbol (la manija del asunto). All Boys hace rato que piensa en grande. El día que volvió a la B Nacional, su presidente anunció (lo recuerdo) que en un año estarían en primera. Le pifió por poquito. Pero siguió en la misma línea. Plantel de calidad, algo caro pero eficaz, un técnico de la casa (jugador de lujo en el ascenso 72), al que bancaron cuando perdió cinco al hilo, economía saneada. Y nada de convertirse en sucursal de nadie. Es decir, si el fútbol es el que nos da de comer (por la TV, se entiende) apuntemos hacia allí nuestros cañones. En Primera el dinero se recontramultiplica. Y Korz lo sabe. También debería tomar nota de quienes hacen las cosas bien en esta materia, que es su asignatura pendiente. Esta conducción de Atlanta ha aprobado largamente en decencia, laboriosidad y amor por los colores. Nada que objetar por ese lado. Pero en el fútbol no. No funciona. Somos chicos sin ideas.
Busquemos entre nosotros. Propongo nuevamente a Mario Szerman y a quienes él considere mejor dotados para la tarea. Entremos en el siglo XXI del fútbol. Tendremos la sede terminada en un tiempo cercano. Y vale. Tenemos un par de tribunas. Y vale, aunque hay que seguir metiendo cemento. Nos falta el salto de calidad futbolero. Y aquí no alcanza con honestidad y buenas intenciones. Hay que saber. Que vengan los que saben. O que se preparen para saber. Que pasen bien.


Enrique Martín



Enrique Martín tiene 57 años y vive en el barrio de Balvanera. Es periodista, escritor y autor de la novela Bohemios.

jueves, 4 de marzo de 2010

Humano, demasiado humano


Recorte del diario La razon de Mexico, del 1 de marzo.
La editorial Tusquets ya esta usando este fragmento como anticipo del libro del poeta y tecnico rosarino, Las defensas abiertas de America Latina, a publicarse despues del mundial.
Incluye treinta y tres haikus (la misma cantidad de zonas en las que divide la cancha en los entrenamientos) sobre nuestra eliminacion del mundial de Japon, y una Oda de amor-odio a Fontanarrosa.

jueves, 25 de junio de 2009

Niembraaa

por Mariano Fiszman


A Niembro, alias Niembraaa, alias Miembro, lo conocí en una emisión de los mediodías de radio mitre de hace treinta años que se llamaba Sport 80. El programa era una de las pocas y pujantes oposiciones al menottismo oficial. Ahí él y varios compañeros suyos (la palabra compañeros importa, porque la iban de peronistas perseguidos, piensen que Fernando es hijo de un ex-diputado, capo de las 62.org de Rucci) hacían campaña por el fútbol “moderno” y “a la europea”, de técnicos como Bilardo y Griguol. Desde entonces lo volví a encontrar muchas veces en otros programas de radio parecidos, aunque nunca tan buenos como aquel, y vi crecer su figura hasta convertirse en el gran lobbista y manipulador mediático que es hoy. En mi cuento El relator amenazado, de principios de los noventa, usé su figura para componer a un comentarista de fútbol ventrílocuo, “un personaje repulsivo, de ojos gomosos, bigote fino y manos entrelazadas sobre el abdomen”.
Dentro de la fauna que rodea al fútbol actual y que ayuda a convertirlo en un asunto cada vez más feo, malo y sucio, Niembro encabeza el ranking del desprecio personal en el rubro periodistas. Sé que no soy el único. Pero a la vez, quiero decir que me gusta escucharlo. Su odioso personaje no deja de entretenerme, y su miserable visión del fútbol muchas veces coincide con la miseria mía.
Ayer al mediodía lo escuché desde Sudáfrica poniendo en duda el poderío de la selección de España, ese carro al que se suben ahora los voceros del jogo bonito internacional. Ojo, decía, con ese tono sugestivo mafioso que usa, ojo cuando se encuentren con un equipo que los marque. A las cuatro pasé por el bar de la otra cuadra y vi en la mesa de adelante del televisor al gallego con la cabeza entre las manos. Terminaban de perder con USA. Al fútbol, no al béisbol ni al football de ellos, que no es éste. La misma USA que ya nos goleó a nosotros. “Es la realidad”, muletilla que repite siempre con su voz de Brando ese otro gran cáncer maligno del fútbol, Don Giulio.
La realidad para mí, y para Niembro, es que en el fútbol profesional se juega para ganar y que los equipos que ganan se basan en su defensa (que es asunto de los once, no de cuatro o tres o cinco). Argentina ganó cuando se hizo fuerte abajo, en el 86, con un sólo delantero, Valdano, pero en el 78 también, con Passarella y el gran Fillol salvando pelotas a lo loco y poniendo a Larrosa por Houseman en la mitad del torneo, y así fue también cada vez que le pudimos ganar a Brasil, con el culito apretado contra el área y saliendo cuando se podía y metiéndola (¿oyeron Carlos, Leonel, fenómenos?), y lo mismo los clubes (¡Al gran Bianchi argentino salud!). Y Brasil mismo, acaso no fracasó jugando gran fútbol en el 82 y el 86, y salió campeón del mundo sin regalar nada, pero nada eh, en el 94 (única final sin goles de mundiales) y el 2002, o de América, en las dos últimas copas, dejándonos con las manos vacías cuando nosotros jugamos ¿mejor?
Por eso cada vez que me agarro la cabeza porque un técnico nuestro quiere llenar la cancha de enganches y delanteros y nos terminan garchando de parados, o cada vez que me acuerdo del Argentina-Brasil del 90, con los revolcones en el área nuestra y los palos temblando y la gloriosa ráfaga Diego-Cani en el minuto final, siento que la voz obvia y odiosa de Niembro, alias Niembraaa, alias Miembro, como la del comentarista-ventrílocuo del cuento, aparece sin que yo entienda desde dónde, y azorado la veo coincidir con la mía y me hago cargo, me guste o no.

domingo, 7 de junio de 2009

En manos de dios

por Mariano Fiszman

Pasamos de tener la mano de dios a estar en manos de dios.
El miércoles con Ecuador podemos ganar sufriendo, aguantar un cero a cero triste o perder sin atenuantes recibiendo más puñaladas. Es lo más probable.
Podemos quedarnos afuera del mundial. Podemos tener que ir al repechaje.
Por eso celebró que hayamos ganado ayer, era lo más importante. Díganme burro, pero me acuerdo que para el 86 clasificamos en el último minuto contra Perú. Y que para el 2002 clasificamos cinco fechas antes y nos volvimos en primera rueda.
Meterse y esperar que allá se arme el equipo.
Y ahí, como ahora, encomendarnos a dios.

martes, 12 de mayo de 2009

La resistencia

por Mariano Fiszman


Circulan versiones sobre la existencia de una organización clandestina vinculada al fútbol. Aparentemente no se trataría de una red de apostadores, ni de hinchas violentos, ni de una confabulación ambiciosa entre futuros dirigentes, sino de un grupo de personas que adoran este juego y sufren viéndolo degradarse.
Según las informaciones, su único objetivo sería seguir gozando del juego a toda costa, a pesar de que un análisis objetivo de la situación les habría demostrado que el goce del fútbol ya es una causa perdida, y que a medida que pase el tiempo su decadencia se hará cada vez más grotesca. Rechazando su comercialización exagerada, su uso como espectáculo embrutecedor y la pobreza técnica, estética y emocional que lo invaden, sus integrantes se limitarían a jugar picados con amigos. Cada tanto visitarían una cancha para ver, ya no a sus clubes, considerando que la defensa a ultranza de los propios colores condujo a la histeria destructiva actual, sino a los pocos jugadores que los alegran, tan aislados en el campo de juego como ellos en el mundo, tan presionados por el mal gusto de rivales, compañeros, hinchas, técnicos y dirigentes como la sociedad por los medios que propagan imágenes del horror disfrazándolas de emotivas y simpáticas. Pondrían los relatos deportivos radiales como fondo para dormir la siesta o mientras realizan tareas de bricolaje en sus hogares, verían los partidos oficiales sin sonido mientras escuchan desde Rachmaninov hasta Eminem a todo volumen, y usarían los suplementos deportivos del diario para juntar yerba usada, excrementos de perros y gatos, y para limpiar las parrillas antes de poner la carne.
Fuentes confiables indican que la cantidad creciente de clandestinos sería insignificante dentro del padrón global de espectadores, y harto incapaces de afectar en lo más mínimo el buen funcionamiento del negocio. Tampoco habría que temer acciones concretas de su parte.

Reporte de Simona Simeone Márquez para Macri Free Press International, Buenos Aires, 31/4/1984 bis.

miércoles, 22 de abril de 2009

Clásico

por Mariano Fiszman (neutral).

Yo lo vi en el San Bernardo. Solo. Mi hijo arregló con un amigo y preferí no recordárselo. Se sabía que era un partido que iba a hacer doler los ojos. Sin embargo fui. ¿Por qué? Porque cualquier fútbol gusta, porque es emotivo, porque estoy al pedo y porque quedarse en casa es peor.
Fui temprano para conseguir silla y lugar. Un libro gordo en el bolsillo interior de la campera de jean para antes y para el entretiempo. Fútbol y literatura juntos, y que los eunucos bufen.
Cuanto peor es el partido, más detalles infames para señalar, pero ¿vale la pena? Seguir fijándose en Abondanzieri, por ejemplo, en cómo mueve la lengua adentro de la boca cerrada y cómo se come los goles. O en la heladera despatarrada con la puerta abierta y los frascos de mayonesa volcados que es Fabiani.
Diálogo muy porteño entre parroquianos a raíz de un choque entre estos dos jugadores:
-¿Sabés todo lo que le falta ganar a Fabiani para compararse con Ibarra?
-¿Pero vos sabés las minas que se coje Fabiani?
Me hizo acordar a un santafesino que decía, veintipico de años atrás, chicaneándose con otros provincianos: Nosotros nos cojimos a Susana Gimenez (por Monzón).
Y goles de Palermo y Gallardo, por Dios, en qué año vivimos. La figura para mí: Buonanote.
El ambiente del bar en estos casos es una historia aparte. Mil manuales de socio, psico, filo y antropología. El clima fervoroso y amigable de siempre se quebró. Un par de pendejos que no eran del lugar gritaron mal el gol de River. Exceso de puteadas en dirección a un grandote de Boca. Yo estaba justo en el medio. Cuando el de River puteaba, el aire me movía los pelos. Cuando el de Boca se estiró para agarrar el taco de pool me tocó la rodilla con su codo. Les digo que la chivé. Medía la trayectoria del taco y la de la botella de quilmes y cada vez en el centro exacto estaba yo. Al final, la ausencia de otras emociones me jugó a favor.
Feo fútbol.
El libro que llevé, eso sí se los recomiendo, de Balzac, "Ilusiones perdidas".

lunes, 30 de marzo de 2009

Somos locales otra vez

por Mariano Fiszman.

Más allá del origen de la palabra hincha, que te lo da internet en dos segundos: viene de un utilero de Nacional de Montevideo que inflaba las pelotas y alentaba mucho al equipo, y de la imagen de un Discépolo sacado que va a ser siempre el arquetipo del hincha, para mí, que este domingo sentí tanta alegría, ¿qué es ser hincha?
Por tres cosas canté todo el partido: club, apodo, barrio.
Por el apodo “Bohemios” yo me hice hincha de Atlanta, a los once años (1976). Ya era Bohemio sin saberlo, porque deambulaba de equipo en equipo: Boca, San Lorenzo, y una simpatía con el Rojo tentado por un tío que me llevó a ver la final Intercontinental contra Ajax y me ofrecía todo el equipo y la pelota. (Otro día hablamos de la psicología del chico que renuncia al Boca de Gatti, al San Lorenzo de Scotta y al Independiente de Bochini y Bertoni para hacerse, o confirmarse, Bohemio).
El club son los colores. Ver toda esa gente caminando con las camisetas y los paraguas y los gorros azules y amarillos por las calles del barrio me aceleró. Uno empieza a caminar más ligero, aprieta los puños, sacude los brazos. Son las mismas veredas de todos los días cruzadas por una electricidad distinta. Esa relación del equipo con el barrio propio que en los clubes grandes se diluye y que la televisación suprime. Los colores, el ruido de los petardos, las canciones, las palmas, la marcha por el medio de la calle, el saludo del de enfrente, las tetas inflando la camiseta de esas minitas que ves siempre en el súper. Lo grosso de jugar de local es que toda esa energía llene el lugar donde uno vive, no ahorrarse el viaje ni que los jugadores conozcan las matas del área chica. (Otro día también hablamos de la utopía de la hospitalidad).
Y qué más: el sol, los goles, la bronca, las banderas, los abrazos con desconocidos, la amargura del gol del otro, el humo dulce de los porros, las fotos con celular, alguien que mea en un vaso, mi hijo que usa mi vieja camiseta de piqué y suelta globos amarillos, hay palitos de frutilla, maníes, la montada, el referí hijo de puta, coca coca, los bomberos nos manguerean, ganamos y las gotas de agua refulgen en el alambrado: fútbol igual fiesta.

lunes, 9 de marzo de 2009

el Maracaná



Lucas, enviado especial de ungolazo.blogspot.com a Rio de Janeiro, durante el entretiempo de Flamengo 4-Mesquita 1, cuarta o quinta fecha del campeonato carioca 2009, en el estadio más lindo del universo.
(El cuarto lo hizo el arquero de tiro libre al ángulo, y en el segundo tiempo entró el primo de Messi.)
Nos vemos en la final del 2014, Maracaná.

martes, 24 de febrero de 2009

Vendas

por Mariano Fiszman


El primer indicio de que dejaba de ser joven, mucho antes de que soplaran vientos de calvicie y de tener que levantarme a mear en la mitad de la noche, fueron las vendas.
Todo empezó con el primer esguince de tobillo. Un sábado a la tarde, en la canchita de Godoy Cruz, choqué con un tal Cachi que era medio mala leche. Dos semanas después, cuando volví al vestuario, llevaba en el bolso dos cilindros blancos que ya no me abandonarían. El médico me dijo: tobillera y venda, sí o sí.
Las vendas, me enteré, se compran en cualquier casa de deportes. Las tobilleras también, pero son más jodidas de elegir, tienen talles. Yo por ejemplo tengo una más chica que la otra y que me ajusta mucho. Pero no quiero hablar de las tobilleras sino de las vendas, si bien siempre vienen juntas y a su manera son una de esas “pequeñas sociedades” de las que hablaba Menotti en sus micros de fútbol auspiciados por Shell, creo, año 80-81 (donde lo veíamos hablarle mucho al pelado Díaz, mostrar cómo el que va a picar al vacío por la punta tiene que pasar siempre por ATRÁS del que lleva la pelota, y también explayarse con voz de vodka sobre su máxima: “Para poder entrar hay que saber salir”).
Como todo lo que uno usa en la cancha, la venda tiene un régimen de uso particular. Por dos horas de trabajo descansa el resto de la semana. Pero a diferencia de la camiseta o del short, esa semana no es del todo vacía y tiene sus vueltas.
Después de jugar, el cóctel venda-tobillera-media es venenoso, claro. Hay que desprendérselas con dos dedos y ponerlas a lavar urgente. No en el canasto del baño, al lavadero directo. Al balde.
Lavadas y secas, hay que dejarlas listas para el próximo partido. Lo mejor es plancharlas con plancha no muy caliente y enrollarlas. Eso me lo hacía, por la época en que las empecé a usar, una señora que venía a limpiar a casa y que tenía un hijo que jugaba de 4 en la tercera de Almirante Brown. Nunca nadie las dejó como ella. Gracias, Marta. Ojalá que tu hijo haya llegado a primera.
A las vendas sin planchar se les hacen pliegues a lo largo que en algún momento hay que eliminar, sino molestan. Bajando el nivel de exigencia, cosa que no recomiendo, se puede prescindir de la plancha. Nunca del enrollado. No hay nada peor que llegar nervioso al partido y sacar del bolso una tira de cuatro o cinco metros de largo que viborea por el piso sucio y húmedo del vestuario. A cada vuelta hay que recogerla y pasarla toda por encima del pie hecha un bollo, como esas banderas que la barra pasa por encima de las rejas que dividen la platea de la popular.
El enrollado se lleva bien con la televisión. Ya sea encendida, viéndola con un sólo ojo mientras los pulgares la hacen girar como quien arma un cigarro, ya apagada, parándose adelante del aparato y usándolo de apoyo. Recomiendo empezar alrededor de un lápiz o birome, que se extrae al final de la operación, y aplanar las arrugas sobre el techo de la tele con la mano libre. Es rápido y quedan bien.
Después, algunos las usan flojas, indicio de que no “ponen”. Otros se encinchan con enjundia, y no se calzan la tobillera hasta que no ven su pie rojo como una tarjeta. Aconsejo, como para todas las cosas, un punto medio. Si hubiera que elegir, sin dudas: aprieten.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Fiestas

Las fiestas del año cristiano tienen la textura triste de un domingo sin fútbol.

Póngale fútbol a las fiestas, podría ser un eslogan macayiano.

Pónganles fútbol a las fiestas, el grito desgarrador del pueblo en las plazas.

Lo que hace una ene, eh.

Lo dice un hincha de Atlanta, ni Atalanta ni Atlante.

Pero piensen: fútbol el 24, el 25, el 31 y el 1. A todo hora, como siempre. Fútbol profesional y papi, de potrero, de primera, de radio, en palermo, a un costado de la paz general y en la vereda. ¿No habría más entusiasmo en la mesa?

El fútbol contra el vacío existencial. Una especie de Aníbal y Mingo contra los fantasmas.

Adivinen quién gana la final.

martes, 11 de noviembre de 2008

EL DESOCUPADO

por Mariano Fiszman


El desocupado, ¿puede disfrutar del fútbol como cualquier hijo de vecino? No digo el desocupado despreocupado, ese trabalenguas sin sombras. No el flaquito que cuando lo echan del delivery por llegar a todas partes con la pizza fría y el queso derramado contra el borde de la caja empieza a planear sus noches de fin de semana, ni el eterno hacedor de cagadas que tiene excusas para todo, por lo menos para todo lo que él arruina. Pero el desocupado de ceño fruncido, ojos turbios, pies que no levantan de las baldosas y brazos caídos a los costados del cuerpo, el de las monedas contadas en el bolsillo, ¿puede gozar del fútbol?
Ya tiene todos los placeres prohibidos. Esta aguantado el aire que le queda. Sabe que una entrada al zoólogico, un libro usado, o un par de ojotas de hoy pueden ser la boleta de luz de mañana. Deambula por una ciudad amurallada. Ni las puertas ni las caras le dedican ninguna expresión, como esas mujeres que conocimos bien hace mucho y ahora, ocupadas en otra historia, nos ignoran. Sin embargo, el fútbol hoy en día no se le niega a nadie. Cualquier bar te puede negar un vaso de agua o un mingitorio, pero en este estado de sitio futbolístico actual siempre hay por lo menos una pantalla apuntando a la vereda, alta, oblicua, con reflejos, sí, pero regalando fútbol, como esas chicas de escote generoso que invaden las calles. Entonces el desocupado puede pegar la ñata al vidrio, o el hombro al árbol de la vereda, o incluso pararse en la puerta de un negocio de aparatos domésticos, y seguir las alternativas de los encuentros.
Pero disfrutarlo, ¿puede? Eso dependerá de cada uno, dice usted, que siempre tiene razón. Puede ser. Pero el que digo yo está vacío. Mira los partidos porque siempre le gustaron y no tiene más nada que hacer. Busca evadirse. Pero serán la falta de cracks o de ideas, el fútbol hiperestimulado de hoy con su personalidad endeble, qué se yo, mi desocupado no se engancha. Ve pasar los goles como ve pasar el tren. Mira cómo gente que gana cincuenta mil pesos se agarra la cabeza o acogota réferis o la pifia en el área chica y no termina de identificarse. Por la calle pasan los cartoneros en su hora pico cargados como bestias empujando toneladas de papel y él siente su cuerpo débil por la falta de acción. Ve a los consumidores del café. Se hacen comentarios y gesticulan de mesa a mesa. Él se da cuenta que aprieta los dientes y un filtro entre dos yemas. El partido no le dice nada, y él se queda ahí parado viéndolo.

lunes, 27 de octubre de 2008

Vamos los pibes 2

por Mariano Fiszman.

El primer tiempo se jugo casi entero en el campo de los del gimnasio de Costa Rica. Prácticamente alrededor de su área. Los del gimnasio de Costa Rica con Matías al arco que no le gusta agarrarla con la mano y despeja todo con el pie en la línea, Lucas de River abajo, en el borde del área incluso en los córners a favor aunque el padre le grita que suba, Franquito el hermano de Julián en todas partes, Leandro, Facundo e Iker en ninguna, y Lucas de Boca arrancando como una saeta rubia en mitad de cancha para intentar algún contragolpe. Matías y Lucas de River, los dos más grandotes, hacen los laterales. Lucas de River rechazó de cabeza en un lateral de ellos. En un momento el referí lo advirtió a Facundo porque le pegó una rosca a uno. Facundo se encogió de hombros y dijo que el otro le había dado una patada. Increíblemente, los otros no pudieron embocarla. Desaprovecharon varios goles a favor. Hubo muchos uhhhh.
En el segundo tiempo, Lucas de River entró al arco y Matías salió al medio y los del gimnasio de Costa Rica empezaron a poder cruzar la mitad de la cancha. También ganaron seguridad en el arco. Franquito firme abajo y todos los enanos deambulando, todos atrás de la pelota con las camisetas tapándoles las rodillas. Fueron entrando otro Lucas más, Mariano y Juani. La idea de Ariel el técnico es que jueguen todos. En el cambio de arquero entre Lucas de River y Franquito se durmieron. Franquito sacó corto con la mano, Lucas estaba dado vuelta y la agarró uno de los otros en la línea del área y la metió abajo, al lado del palo. Cero uno abajo, Matías agarró un rebote pasando mitad de cancha y metió un derechazo cruzado al palo izquierdo de puntín inatajable. Los últimos minutos fueron vibrantes. El público inquieto contra la pared entraba en la cancha para seguir las jugadas de peligro. Los abuelos y una abuela se reían y se agarraban la cabeza. Los padres daban indicaciones tácticas y las madres gritaban los nombres de los jugadores. Hubo pelotas que se fueron cerca y muchos más uhhhh. Hubo un tiro libre que Lucas misteriosamente de cara al córner se lo tocó de taco a Matías y pasó al lado del primer palo. En otra, después de una sucesión de rebotes en el arquero de ellos, Lucas de Boca tuvo su premio a la perseverancia goleadora. Le quedó mansa a un metro del arco vacío y rompió la red. Se desató una alegría increíble. Faltaba un minuto. Para los otros entraron dos jugadores más y no salió ninguno. Uno rubio jugó llorando hasta que el referí pitó el final. Lucas de River no se quedó para la foto porque se le había hecho tarde para ir a Plástica.
Resultado final: los del gimnasio de Costa Rica 2- los otros 1. Técnicos: Ariel y un gordito rubio. Partido jugado el sábado a las diez y media de la mañana en Costa Rica entre Dorrego y Arévalo. Categoría 2000-2001.

lunes, 20 de octubre de 2008

LASZLO

por Mariano Fiszman.

Sé que a ustedes el nombre por ahi no les dice, pero el jueves se murió Daniel Laszlo.
Con Laszlo, llamado así por el apellido por casi todos, jugué al fútbol muchos años. En diferentes canchas. En la de Godoy Cruz y Honduras, principalmente, pero también, años antes, en el patio de Mundo Nuevo, y años después en las canchas de tierra de Warnes, y él seguramente en muchas otras a las cuales yo falté, abajo de autopistas y en clubes de Paternal y otros barrios y en plazas. A diferencia de mí, Laszlo era uno de los infaltables. ¿Me acuerdo mal o también en una época de noche en Villa Malcolm? Su pasión era grande. Zurdo. Enfermo del Rojo. Lento. Elegante. Cabrón. Laszlo jugaba abajo, una especie de seis pesado y sucio. Trossero. Te manoteaba. Trababa mal y se enojaba si decías algo. A mí lo que siempre me indignó era que robara los laterales. Iba y sacaba rápido y a cagar. Cortar del lado derecho, un problema. Pero podía salir jugando pelota al pie y apenas cruzaba la frontera del medio sacudir un puntinazo al primer palo arriba, o cruzarla con cara interna, arrastrando la pierna acompañando la trayectoria de la pelota, al segundo palo. Dice Javier (carrilero febril) que era un espectáculo ver cómo gritaba los goles. Dice también: lo buen tipo que debía ser Laszlo para que con lo cabrón y mala onda que era tuviera tantos amigos.
Después del partido elongaba, se ponía ese buzo negro o gris con capucha y me tiraba en la esquina de casa en el renault once.
Lo conocí un sábado a la mañana de sol durante el mundial ochenta y seis. Creo que fue el día que Brasil perdió con Francia por penales.
La última vez que hablé me dijo que Borghi podría hacerle una transfusión de grasa.
Al final tuvo tranquilidad y temple.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Pesadilla millonaria, por Mariano Fiszman.

Ulises erre, 13 años, de River, el viernes a la noche soñó que en un partido en el Monumental todos los jugadores se agarraban a trompadas. Entonces bajaban desde lo más alto de las tribunas dos camiones, entraban a la cancha y mataban a todos los jugadores.

Simeone es el Neobielsa. Alguna vez su maestro puso un mediocampo con Lucho Gonzalez, Kily Gonzalez y Mariano Gonzalez. Su locura quedaba expuesta en ese lapsus. Ayer el discípulo, en Tucumán, armó el equipo para que le quedaran abajo Gerlo y Merlo. En el primer tiempo le dio resultado, Merlo hizo el gol, gran jugada. Después, dice que faltaron huevos. Según Simeone todo depende de la entrega. No sabe qué entregar, pero entrega. Decíle que mire lo que le pasó a Antonini.

Lucas efe, 7 años, de River, el domingo a la noche mira Fútbol Deprimierda y pide que le avisen cuando vienen los goles de San Martín de Tucumán para taparse los ojos. Después payasea: Buah, no tenía manos para taparme los oídos.

martes, 9 de septiembre de 2008

Pobre Messi, por Mariano Fiszman

Pobre Messi

Pobre Messi. Pobre viejo Leo Messi. Sin temor a equivocarme puedo asegurar que todos los que ayer estuvimos en Paysandú viendo la final de la liguilla clasificatoria para la Copa América Unida 2030 en algún momento sentimos y dijimos lo mismo: pobrecito.... El que alguna vez fue el “Mesías” salió a la cancha con su aspecto de las últimas semanas, apático, los ojos gelatinosos, la lengua fofa entre los labios y ese gesto de tirarse el mechón hacia atrás que hoy, con la calva ganándole por goleada, resulta un tic esquizo escalofriante. Bajo la camisa listada blanca y marrón de Paysandú, bajo la publicidad de cerveza Pilsen Gold, se traslucía, sobre su panza voluminosa y su pecho hundido, la foto de la cara de Jennifer, su musa inspiradora, esa antigua novia de la infancia que tal vez vaya a ser siempre su amor imposible. La historia es conocida. El juramento en un terraplén del viejo y pobre Rosario, el viaje a Barcelona que los separó, la fama, el casamiento de Jennifer con un pedicuro, los millones de él, los hijos de ella, las cartas sin respuesta, los triunfos, las lesiones, la soledad, los años, siempre los años, y la pelota, esa puta que se busca otros más jóvenes, más ricos y más rápidos, y la hemiplejia del pedicuro y los nietos mellizos y Jennifer firme incapaz de abandonarlos, y finalmente Messi que deja el Stars de Alaska y firma con Paysandú con la ilusión de estar cerca de ella. ¿Qué es cerca, en el amor? ¿Qué es lejos? Siempre estuvo a mi lado, dice Jennifer. Nunca pude estar con ella, llora él. Y la pelota gira. Y entre las piedras y los pozos y las matas del estadio Berugo Es Uruguayo, del Paysandú, vemos a Messi deambular sin sentido. Rodeado de hostiles camisetas azules y amarillas, no la toca. O la pelota no le llega o le rebota, o no se entiende con los compañeros, o el nudo en la garganta no lo deja respirar. Cuando hay un tiro libre, de donde sea, lo pide él, con la esperanza de que un gol le deje mostrar la foto que tiene abajo de la camisa y, aunque sea así, besarla, pero todos mueren en la barrera bohemia. El segundo tiempo lo encuentra pateando piedras contra el alambrado, totalmente desentendido del juego, insultado por los hinchas locales. El final del partido, sentado el círculo central, con el referí guyano que le quiere tocar la cabeza para consolarlo, y él que en un gesto agreta lo esquiva y se come una roja insólita. Igual Paysandú ya quedó afuera. Pero eso a quién le importa. A quién le importa el resultado de un partido, comparado con esta estampa cruel de la vida. Sí, es verdad, este cronista debe decir que Atlanta le ganó a Paysandú tres a cero, que en el arco bohemio debutó el nieto de Gatti, que sus jugadores festejaron una victoria merecida con alegría genuina y que ahora viajan a Colombia, donde lo espera el Deportivo Betancourt. Dicho esto, por favor, ahora déjenlo callar.

Paysandú (uru) 0- Atlanta (arg) 3, informe de Lucas Fiszman, para Macri Press International.

lunes, 25 de agosto de 2008

Somos campeones la puta que los parió, por Mariano Fiszman

Este bardo, agarra hoy su lira,
y pasa al frente como Mascherano,
como Aguero con Brasil pone la mano
pegadita, y la hinchada delira.
¡Oro tenemos, oro, oro puro!
Y a los brasucas también les dimos duro.

Ese triunfo con sabor tan especial,
no me hace olvidar de las derrotas
pero viene a alegrarme el corazón.
A veces, uno ve a un jugador
como Messi, llevándose a un rival
colgado, otro atrás, y la pelota...
ve los dibujos del fútbol en el suelo,
y no entiende, pero sabe que está ahí,
que lo tenemos, que esta vez es nuestro:
¡lo tenemos por fin, al Nuevo Diego!

Y la hinchada se enloquece de alegría,
cuando ve muchos dientes apretados,
el pie firme, la marca combativa,
si hasta Gago se anima y roba alguna,
después cae, como siempre, en su laguna,
y al final nos salva el pibe Di María.

¡Es la Virgen que está de nuestro lado!
¡Y Pareja! ¡Y Zabaleta! ¡Y Grondona!
El Checho dijo: hay que estar armados
y esperar que los genios una meten,
y Román, con su cara de llorona,
a Brasil se la metió por el ojete.

Del primer día que jugamos en China
demostramos que somos Argentina,
que lo tenemos, que el fútbol no murió,
y a los negros de Nigeria y de Brasil,
a los de Holanda y de Costa de Marfil,
gritarle a todos: ¡La puta que los parió!