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domingo, 29 de mayo de 2011

Dale campeón



"¿Hay un goce más dulce que ver a todo un pueblo entregarse a la alegría un día de fiesta, y a todos los corazones abrirse a los rayos expansivos del placer que pasa rápido, pero con intensidad, a través de las nubes de la vida?"

Jean Jacques Rousseau,
1712-1778.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Los mellizos

por Mariano Fiszman


treinta de octubre nacieron los Soriano

de mil nueve ochenta y tres ultimo año

que Atlanta ascendió a la A

hicieron inferiores

en General Paz Juniors juntos

como cuando crecían adentro

de la pelota que la madre se robó

en dos mil cuatro Alfredo Abel fue transferido

a Newell’s Old Boys de Laguna Larga Córdoba

Carlos Andrés se quedó solo en General

Paz Juniors vino a Atlanta

fue el goleador del equipo

Belgrano lo compró

y a Atlanta vino Alfredo Abel

fue el goleador del equipo

Belgrano lo compró -no comparten

ningún partido oficial

a Andrés lo venden a Ecuador

a Deportivo Cuenca a Éspoli Abel

volvió a General Paz Juniors solo

jugó en Luján

de Cuyo en Racing

de Córdoba y bajó a

Buenos Aires a

Social Español Andrés

volvió a Belgrano

volvió a Atlanta

fue el goleador del equipo

-tres veces hace tres goles y es figura

en dos mil diez el club compra a su hermano

para que jueguen juntos

vuelva a ser

treinta de octubre y lo festejen con un gol

dos muñequitos de torta

prendida fuego la cabeza hasta los hombros


lunes, 30 de marzo de 2009

Somos locales otra vez

por Mariano Fiszman.

Más allá del origen de la palabra hincha, que te lo da internet en dos segundos: viene de un utilero de Nacional de Montevideo que inflaba las pelotas y alentaba mucho al equipo, y de la imagen de un Discépolo sacado que va a ser siempre el arquetipo del hincha, para mí, que este domingo sentí tanta alegría, ¿qué es ser hincha?
Por tres cosas canté todo el partido: club, apodo, barrio.
Por el apodo “Bohemios” yo me hice hincha de Atlanta, a los once años (1976). Ya era Bohemio sin saberlo, porque deambulaba de equipo en equipo: Boca, San Lorenzo, y una simpatía con el Rojo tentado por un tío que me llevó a ver la final Intercontinental contra Ajax y me ofrecía todo el equipo y la pelota. (Otro día hablamos de la psicología del chico que renuncia al Boca de Gatti, al San Lorenzo de Scotta y al Independiente de Bochini y Bertoni para hacerse, o confirmarse, Bohemio).
El club son los colores. Ver toda esa gente caminando con las camisetas y los paraguas y los gorros azules y amarillos por las calles del barrio me aceleró. Uno empieza a caminar más ligero, aprieta los puños, sacude los brazos. Son las mismas veredas de todos los días cruzadas por una electricidad distinta. Esa relación del equipo con el barrio propio que en los clubes grandes se diluye y que la televisación suprime. Los colores, el ruido de los petardos, las canciones, las palmas, la marcha por el medio de la calle, el saludo del de enfrente, las tetas inflando la camiseta de esas minitas que ves siempre en el súper. Lo grosso de jugar de local es que toda esa energía llene el lugar donde uno vive, no ahorrarse el viaje ni que los jugadores conozcan las matas del área chica. (Otro día también hablamos de la utopía de la hospitalidad).
Y qué más: el sol, los goles, la bronca, las banderas, los abrazos con desconocidos, la amargura del gol del otro, el humo dulce de los porros, las fotos con celular, alguien que mea en un vaso, mi hijo que usa mi vieja camiseta de piqué y suelta globos amarillos, hay palitos de frutilla, maníes, la montada, el referí hijo de puta, coca coca, los bomberos nos manguerean, ganamos y las gotas de agua refulgen en el alambrado: fútbol igual fiesta.

martes, 2 de septiembre de 2008

Los números de Boca

por Fabián Preciado

Estaba en casa ojeando unos Gráficos viejos y vi una foto que nunca más me voy a olvidar. Porque es una imagen que desgraciadamente me tocó ver en vivo y en directo.

A mediados de los ochenta, estuve involucrado involuntariamente en una disputa entre un joven y su padre. El tema es que ese muchacho de casi veinte años era mi hermano, y su papá era también el mío. Mi hermano es hincha de Racing, fanático. Mi viejo, de Boca, y aunque a esa edad había dejado un poco de lado su fanatismo, ya había tolerado que sus cuñados le hicieran hincha de otro equipo a su primogénito, y no estaba dispuesto a que su segundo hijo se le escapara por la misma senda.

Futbolísticamente hablando, fueron años muy prolíficos para mí: Racing estaba en la B y gracias a esta disputa que mencioné, iba los sábados a ver a Racing, y -a veces- los domingos a ver a Boca. Tenía ocho años.

Un domingo Boca jugaba contra Atlanta, y mi papá decidió que era una buena ocasión para ir a la Bombonera. Era una época jodida para Boca: los profesionales no iban a jugar porque estaban de huelga. No les pagaban. Boca presentaba a la cuarta.

Cuando por fin salieron los equipos, se generó una confusión que increíblemente nadie había previsto: ambos equipos pensaban jugar con sus camisetas "titulares" que, ya sabemos, tienen los mismos colores. Inmediatamente, el árbitro del partido mandó a cambiarse a los jóvenes jugadores xeneizes (por ser los locales) y marcharon nuevamente hacia el vestuario.

Impacientes, después de unos minutos la gente se empezaba a preguntar cómo podía ser que tardaran tanto. Habrán pasado unos diez, doce minutos. Cuando los muchachos volvieron a salir por el túnel, la parcialidad local quedó estupefacta. Hete aquí el porqué de la tardanza. Al parecer los utileros de Boca no contaban con un juego de camisetas alternativas, y no se les ocurrió mejor idea que vestir a los jugadores con unas remeras de entrenamiento blancas y pintar, sobre cada una de sus espaldas, unos números muy mal dibujados con fibrón negro. Sí, era Boca. Boca Juniors jugando en la Bombonera, dando uno de los espectáculos más vergonzosos de toda su historia. La gente no lo podía creer. Los más osados se rieron. La mayoría, en cambio, principalmente la gente grande (como mi papá) primero se indignó, luego se llenó de bronca e impotencia, y por momentos quedó al borde del llanto.

Para peor, con el correr de los minutos la transpiración hizo que los números destiñeran y que sobre las espaldas de algunas camisetas se formaran verdaderos garabatos. Como no podía ser de otra manera, Boca perdió. 2 a 1.

A pesar de que Racing no estaba mejor, mi viejo no iba a hacer sufrir a un hijo. Desde aquella vez, dejó de llevarme a la Bombonera y ya no me insistió más con que me hiciera de Boca.