Terminó el Mundial, se lo llevó España. Pero, salvo a los españoles, no creo que eso le importe a nadie más.
Hoy parecen tan lejanas las conferencias de Diego convertido en el Barba, los pelotones de pelotazos para los perdedores de las prácticas, los goles de pelota parada, el toqueteo abrumador de los tres de arriba y los mocos imperceptibles pero constantes de la defensa hasta el 0-4 inapelable. Demoledor.
Sin embargo, quiero agradecerle algunas cosas a Maradona. Primero, haber llegado jugando al fútbol al mismo tramo del Mundial (o más lejos) que con otros técnicos de carrera desde Bilardo para acá. Después, haber sido capaz de generar una ilusión semejante en el equipo, una ilusión que él mismo tenía. Y subirse al lomo de las ilusiones de Maradona nos puede llevar al abismo o a la cima. Esta vez llegamos a la cima de su humanidad, se expuso a romper el mito en el año del Bicentenario, lo mandó a Pelé al museo.
Hay que tener muchos huevos para ser técnico de la Selección en un país como este.
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lunes, 12 de julio de 2010
miércoles, 30 de junio de 2010
lunes, 28 de junio de 2010
El ser nacional maradoniano
En el año ‘87 aprovechamos con mi mujer la luna de miel para viajar a Italia, donde vivía mi cuñada. Queríamos ver qué posibilidades teníamos de establecernos allá.
Yo estaba muy deprimido con las cosas que estaban sucediendo acá, con Alfonsín y la ley de obediencia debida y del punto final, de las que ya se estaba hablando; con el plan Austral que entraba en picada; con los reclamos sociales (justificados) de la gente que no tenía tiempo para esperar; y con el peronismo y sus paros que tampoco le daban aire a una democracia temblorosa. Me rodeaba una atmósfera de frustración y un profundo enojo no paraba de crecer dentro mío. Me quería ir al carajo.
En Milán, la nieve y la lluvia no nos abandonaban en todo el día y a las cuatro de la tarde se hacía noche cerrada. Pronosticaban la navidad más fría del siglo y caminar por la ciudad vieja nos obligaba a tomar algo reparador cada tanto, un café, una grapa o las dos cosas.
El bar era largo y angosto, tenía una antigua barra con mostrador de mármol y unos taburetes altos para nada cómodos que invitaban a hacer corta la visita. La pared del fondo del local estaba decorada con un poster gigante del equipo de Milán campeón de la Eurocopa 1980. La pared opuesta a la barra estaba tapizada con una bandera roja y negra que la cubría de punta a punta y de techo a piso. Sobre la bandera se amontonaban infinidad de camisetas y retratos de jugadores del Milan AC de todas las épocas y una casaca de “la squadra azzurra”, enmarcada tras un vidrio, que a la distancia parecía estar firmada por varios jugadores.
Mirando de frente a la barra, en el lugar más destacado del local, había un poster tamaño natural del Diego con la camiseta del Nápoli. Si hubiera sido una iglesia, diría que estaba ubicado sobre el altar mayor, iluminando a un joven Cristo de rulos rodeado de todo ese fanatismo rossonero.
El hombre mayor que atendía y aparentaba ser el dueño, hablaba animadamente con algunos parroquianos en un milanés bastante cerrado, imposible de seguir. Hicimos nuestro pedido y, como era de rigor, con la buena predisposición italiana (o curiosidad), nos preguntó de donde éramos.
¡Para qué!
"Argentina, Argentina, Maradona, il massimo idolo, è sacro come un dio. Noi adoriamo a Maradona, come a San Gennaro… Benedetto, Diego…”. El hombre casi lloraba de la emoción.
No lo podíamos creer. Era como estar en un bar en la esquina de la cancha de Boca y que me dijeran que el Beto Alonso era más que San Martín o algo así.
Terminamos el café y salimos al frío europeo. Mi sensación era contradictoria. Me había ido del país porque no me sentía parte, me parecía que iba a contramano de todos mis compatriotas, que no quería pertenecer a este lugar, a esta gente.
Sin embargo, cuando salí de aquel bar, sentí en el pecho que un argentino había podido hacer algo imposible. Que yo había nacido tres días después que él y vivía cerca del barrio donde había jugado de chico. Y que por más que yo quisiera, nunca iba a poder romper los lazos con mi propia historia.
Yo estaba muy deprimido con las cosas que estaban sucediendo acá, con Alfonsín y la ley de obediencia debida y del punto final, de las que ya se estaba hablando; con el plan Austral que entraba en picada; con los reclamos sociales (justificados) de la gente que no tenía tiempo para esperar; y con el peronismo y sus paros que tampoco le daban aire a una democracia temblorosa. Me rodeaba una atmósfera de frustración y un profundo enojo no paraba de crecer dentro mío. Me quería ir al carajo.
En Milán, la nieve y la lluvia no nos abandonaban en todo el día y a las cuatro de la tarde se hacía noche cerrada. Pronosticaban la navidad más fría del siglo y caminar por la ciudad vieja nos obligaba a tomar algo reparador cada tanto, un café, una grapa o las dos cosas.
El bar era largo y angosto, tenía una antigua barra con mostrador de mármol y unos taburetes altos para nada cómodos que invitaban a hacer corta la visita. La pared del fondo del local estaba decorada con un poster gigante del equipo de Milán campeón de la Eurocopa 1980. La pared opuesta a la barra estaba tapizada con una bandera roja y negra que la cubría de punta a punta y de techo a piso. Sobre la bandera se amontonaban infinidad de camisetas y retratos de jugadores del Milan AC de todas las épocas y una casaca de “la squadra azzurra”, enmarcada tras un vidrio, que a la distancia parecía estar firmada por varios jugadores.
Mirando de frente a la barra, en el lugar más destacado del local, había un poster tamaño natural del Diego con la camiseta del Nápoli. Si hubiera sido una iglesia, diría que estaba ubicado sobre el altar mayor, iluminando a un joven Cristo de rulos rodeado de todo ese fanatismo rossonero.
El hombre mayor que atendía y aparentaba ser el dueño, hablaba animadamente con algunos parroquianos en un milanés bastante cerrado, imposible de seguir. Hicimos nuestro pedido y, como era de rigor, con la buena predisposición italiana (o curiosidad), nos preguntó de donde éramos.
¡Para qué!
"Argentina, Argentina, Maradona, il massimo idolo, è sacro come un dio. Noi adoriamo a Maradona, come a San Gennaro… Benedetto, Diego…”. El hombre casi lloraba de la emoción.
No lo podíamos creer. Era como estar en un bar en la esquina de la cancha de Boca y que me dijeran que el Beto Alonso era más que San Martín o algo así.
Terminamos el café y salimos al frío europeo. Mi sensación era contradictoria. Me había ido del país porque no me sentía parte, me parecía que iba a contramano de todos mis compatriotas, que no quería pertenecer a este lugar, a esta gente.
Sin embargo, cuando salí de aquel bar, sentí en el pecho que un argentino había podido hacer algo imposible. Que yo había nacido tres días después que él y vivía cerca del barrio donde había jugado de chico. Y que por más que yo quisiera, nunca iba a poder romper los lazos con mi propia historia.
miércoles, 12 de mayo de 2010
Los 30 del 10
Si todo va bien, 23 de estos tipos van a ir a Sudáfrica a buscar la Copa del Mundo. Los que no están, ya fueron. Y las sorpresas sorprenden. Elegir 23 se hace largo: ¿a cuáles siete no llevarían?
Arqueros
Sergio Romero (AZ Alkmaar, Holanda)
Mariano Andújar (Catania, Italia)
Diego Pozo (Colón)
Defensores
Walter Samuel (Inter, Italia)
Martín Demichelis (Bayern Munich)
Nicolás Burdisso (Roma, Italia)
Gabriel Heinze (Olympique Marsella)
Nicolás Otamendi (Vélez)
Fabricio Coloccini (Newcastle, inglaterra)
Ariel Garcé (Colón)
Juan Insaurralde (Newell's)
Clemente Rodríguez (Estudiantes)
Mediocampistas
Javier Mascherano (Liverpool, Inglaterra)
Jonas Gutiérrez (Newcastle, Inglaterra)
Angel Di María (Benfica, Portugal)
Juan Sebastián Verón (Estudiantes)
Maximiliano Rodríguez (Liverpool, Inglaterra)
Juan Mercier (Argentinos Juniors)
José Sosa (Estudiantes)
Mario Bolatti (Fiorentina, Italia)
Javier Pastore (Palermo, Italia)
Jesús Dátolo (Olympiacos, Grecia)
Sebastián Blanco (Lanús)
Delanteros
Lionel Messi (Barcelona, España)
Gonzalo Higuaín (Real Madrid, España)
Carlos Tevez (Manchester City, Inglaterra)
Sergio Agüero (Atlético de Madrid, España)
Diego Milito (Inter, Italia)
Martín Palermo (Boca)
Ezequiel Lavezzi (Napoli, Italia)
viernes, 16 de octubre de 2009
Que la chupen (y que la sigan chupando)
por Mariano Fiszman
El gran talento de jugador de Maradona todavía brilla a veces en las chispas que salen de su boca. Su arte nos sigue conmoviendo, aunque ya lejos de la magia unificadora de su fútbol con el tiempo haya empezado a aparecer en sus palabras y sus gestos. Hablo de esas frases en las que un gran poder de síntesis reúne verdad, sentimiento, precisión y gracia, y que pronto se transforman en proverbios populares. Son imágenes sencillas que entran rápido y perduran. Muchas veces ni siquiera son inventos de él, sino joyas que estaban a la vista y a la vez ocultas en la lengua, pepas que su boca capta y nos transmite, ¿o el poeta hace otra cosa? (Boca sucia, puede ser, pero sabemos que las malas palabras no existen.) Forman parte de nuestro lenguaje, como algunos versos de canciones populares, algunas máximas peronistas y los latiguillos de nuestros mejores cómicos. Su histrionismo también influye, sino vean con cuánta gracia canyengue suelta ese "vos también la tenés adentro", alza las cejas y toma un trago de la botellita de agua, todo en un segundo. También influye, claro, que cada cosa que él dice y hace es difundida hasta el hartazgo (nuestro y de él, nunca de los medios, que siempre ganaron plata con Maradona), pero eso no alcanza para explicar la empatía. Ahí hay talento y amor.
Creo que más allá del absurdo bombardeo mediático, y a pesar o gracias al escándalo que parece provocarles esta frase a personas y grupos de poder a los que en cambio no los inmuta ninguna de las crueldades que nos lastiman a nosotros, y para quienes cada asomo de justicia siempre es un exabrupto imperdonable o una grosería, "Que la chupen (y que la sigan chupando)" va a seguir ese camino de ida al corazón del lenguaje argentino.
El gran talento de jugador de Maradona todavía brilla a veces en las chispas que salen de su boca. Su arte nos sigue conmoviendo, aunque ya lejos de la magia unificadora de su fútbol con el tiempo haya empezado a aparecer en sus palabras y sus gestos. Hablo de esas frases en las que un gran poder de síntesis reúne verdad, sentimiento, precisión y gracia, y que pronto se transforman en proverbios populares. Son imágenes sencillas que entran rápido y perduran. Muchas veces ni siquiera son inventos de él, sino joyas que estaban a la vista y a la vez ocultas en la lengua, pepas que su boca capta y nos transmite, ¿o el poeta hace otra cosa? (Boca sucia, puede ser, pero sabemos que las malas palabras no existen.) Forman parte de nuestro lenguaje, como algunos versos de canciones populares, algunas máximas peronistas y los latiguillos de nuestros mejores cómicos. Su histrionismo también influye, sino vean con cuánta gracia canyengue suelta ese "vos también la tenés adentro", alza las cejas y toma un trago de la botellita de agua, todo en un segundo. También influye, claro, que cada cosa que él dice y hace es difundida hasta el hartazgo (nuestro y de él, nunca de los medios, que siempre ganaron plata con Maradona), pero eso no alcanza para explicar la empatía. Ahí hay talento y amor.
Creo que más allá del absurdo bombardeo mediático, y a pesar o gracias al escándalo que parece provocarles esta frase a personas y grupos de poder a los que en cambio no los inmuta ninguna de las crueldades que nos lastiman a nosotros, y para quienes cada asomo de justicia siempre es un exabrupto imperdonable o una grosería, "Que la chupen (y que la sigan chupando)" va a seguir ese camino de ida al corazón del lenguaje argentino.
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