martes, 5 de junio de 2012
Dos poemas de Roberto "Poroto" Riera
1-
con la carne furtiva espero
por un doble cinco
o un cinco tapón
alguien que sepa salir jugando
si es así, yo me engancho
siempre y cuando
no terminen todos colgados del travesaño
ya podemos dejar de fingir
dejar de hacernos los muertos
solos al borde del espejo
cuando todos se quedan solos....
basta, nene, basta
esto es así
donde te marcan la raya
ahí se para la barrera
y con la frente en alto
y las manos tapando los huevos
saltamos todos al mismo tiempo
Cortita y al pie
Exceptuando a los que la tienen atada
los nacidos con talento
no es fácil para nadie
pararla de pecho y devolverla redonda
a las pruebas me remito
y propongo el debate
antes que oscurezca
y la comba
se vuelva un zapallazo
Hay más en: http://almibardehombre.blogspot.com.ar/
lunes, 19 de marzo de 2012
¿Tiene hora, referí?
por Hincha compungido
El tiempo de descuento son las semanas o meses vida que el médico le da al enfermo terminal. Uno puede prolongar el sufrimiento, irse habiendo dado todo, disfrutar hasta el fin, pagar la última cuenta o cobrarla. Como está por oírse el silbato, cada gesto se vuelve único, amaga a ser trascendente. Con la perspectiva de la muerte adelante, en esa mano arbitraria de emperador romano levantada o de fusilador ordenando dame dos, tres, cinco muertos, los minutos cuentan doble o triple. Se sufre más, se sobrevive agónicamente. La ilusión infinita del descuento es que el referí dé cuarenta y cinco minutos más, vivir una segunda vida cuando la primera se terminaba. Pero es imposible. No hay milagros. No hay frialdad, ningún escéptico cuando se va acabando el aire de la habitación. El cuerpo arremete y resiste. La esperanza es vida. Hay que agarrarse a lo que queda. A nada.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Los visitantes
por Mariano Fiszman
El grupo anterior a Los visitantes, Don Cornelio y la Zona, era el que cantaba: Ella vendrá...a a...aaaá.... Ella vendrá...a a...aaaá...Nosotros hace unos años ni siquiera teníamos cancha para nosotros, así que tuvo que volver la cancha, pasó el tiempo y ahora volvieron los visitantes. En el primer partido perdimos, destrozaron la tribuna, no nos fue bien. A pesar de todo, me gustó que estuvieran. Verlos, oírlos, cantarles... No me como el fanatismo, no correría a nadie. Me chupa un huevo. Ellos que paguen lo que rompieron. Todo. Ya. Y si va a haber policía, que haga lo que tendría que hacer. Nosotros seguiremos alentando y disfrutando que podemos ir a otras canchas. Lo mismo espero de los visitantes enfrente. Hoy parece que hay que ser fanáticos, el que no es fanático es sospechado de traidor. El fanático con mala fe, resultadista, violento, acusador, quejoso, pero amparado en los colores, en el puntito. El mezquino. Un fútbol amarrete que lo vemos hace años y no llevó a nada. El partido sin hinchas visitantes, no barras, nos lo robaron, y ahora que está de nuevo algunos se indignan pidiendo que nos lo vuelvan a sacar, con la excusa de que nos iría mejor. Es mentira. Yo no quiero que nos hagan goles, no que los otros no los griten. No hay nada peor que te hagan un gol y verlo con un nudo en la garganta y que afuera no se escuché nada. Que todo ese drama pase en silencio, en un silencio tan hondo entre la multitud de repente muda que se te clava en el corazón y por menos de un segundo parece el final... de todo... Así termina el mundo... no con una explosión... sino con un quejido... repetía Thomas Eliot, que jugó en la selección inglesa entre 1919 y 1965. Y nuestra hinchada chifla, salta y grita rebotando en el cemento: El que no salta es un inglés, el que no salta es un inglés, y después aplaude.
sábado, 17 de septiembre de 2011
Ilusión óptica, cambio de paradigma y gloria
por Alejandro Güerri
Apenas River se fue al descenso, comenzó lo que llamo la ilusión óptica. Hubo un amague de fusionar el torneo de la A y el de la B que terminó rubricado por la frase pasatista del anillo; en el sitio de Olé, no bajaron el escudo de River de la línea donde están en fila los equipos de primera, sino que lo dejaron al final con un recuadro de otro color; el tema de la calle pasó a ser el bajo nivel de nuestro fútbol (potenciado por la eliminación con Uruguay de la Copa América), la poca diferencia cualitativa entre un partido de la A y uno de la B; y, last but not least, Fútbol para Todos contribuyó a la confusión general intercalando los partidos de River en el medio de su programación como si fuera fútbol de primera, amén de que Araujo siga siendo todavía el relator del pueblo.Desde una perspectiva científica, la pregunta sería: ¿por qué tanta resistencia a un cambio de paradigma? ¿Por qué seguir haciendo de cuenta que las cosas son de una forma cuando la evidencia empírica de lo real demuestra otra? Van 20 minutos del segundo tiempo de Deportivo Merlo-River, el partido está 0 a 0, es aburridísimo, y la verdad, River no juega mejor que en su último torneo en la A. Cuando uno es grande, situaciones como esta, en el mejor de los casos, enseñan a bajar un poco el copete. Y hay que aceptar el silencio respetuoso de los amigos que lo saludan a uno como si se le hubiera muerte un pariente, y también la cargada que se sale de la vaina del corazón de la boca. Todo es comprensible, hasta el desprecio. Haber sido el equipo de un presidente impune, haber sido favorecido por millonario, haber sido semillero y comprador de futbolistas distinguidos, ser el que más torneos nacionales ganó, son cosas que a la corta o a la larga pueden caer mal y, como todo lo demás, no dura para siempre. Por eso, cuando en el torneo pasado River era una banda, ¿qué sentido tenía hablar de que no se respetababa una supuesta línea histórica de juego? Ayer era ayer como hoy es hoy. Y punto.
Gloria a los futbolistas que ahora están jugando para River. Gloria a Cavenaghi y gloria a Chichizzola. Gloria a ese mastodonte uruguayo que trajeron de Godoy Cruz porque con Juan Manuel Díaz son nuestro yin y yang charrúa. Gloria a Francescoli y a Alzamendi. Gloria a Almeyda, que volvió a River para irse a la B Nacional y en su afán de heroísmo quizás acabe en la Primera B. Gloria al Burrito Ortega que no estuvo en el equipo que terminó último ni en el que descendió. Gloria al Loco Abreu, por abrazarlos a todos y tomarse el palo a tiempo. Gloria a Funes. Gloria, gloria, gloria. Gloria a jugar en la segunda categoría.
Quizás la debacle haya empezado muchísimo antes, cuando le encargaron a Copani hacerle un disco homenaje a River.
domingo, 11 de septiembre de 2011
Oído
por Mariano Fiszman
Después de los fracasos de los últimos años, el futbol argentino se debate en todas las mesas. En una del bar al que voy, hace poco escuché un diálogo curioso. Eran cinco tipos que van siempre. No sé si jugaban o habían jugado alguna vez al fútbol, a este fútbol que como dicen sus actores está cada vez más hablado y menos jugado. En lo único que parecían de acuerdo era en un enfoque discursivo del asunto. Más de una hora hablando, y yo escuchando de refilón, cuando uno golpeó la mesa, se paró y dijo: -Paremos con las boludeces, ¡hay que armar un equipo competitivo ya!, ¿vos cómo lo armarías? No les cuento todas sus justificaciones técnicas, tácticas, estratégicas, filosóficas, en fin, todo lo que hace al fútbol de hoy, y los comentarios de los otros al respecto, pero transcribo los equipos que cada uno armó con jugadores del fútbol local.
Para el primero, había que tener un equipo corto, muy corto: Saja; Niz, Goltz, Re y Mas; Brum, Kim, Prol; Pío; Noir y Graf. DT: Asad. El segundo, al contrario, repetía que lo que hacía falta era duplicar al rival en todas las líneas, y lo armaba con: De Olivera; San Román, Dos Santos, Bianchi Arce y Di Gregorio; Díaz Ponce, Cobo Gálvez, Moreno y Fabianesi; Perez García; Sánchez Miño y Pérez Tarifa. DT: Da Silva. El tercero, de ascendencia itálica, proponía imitar al fútbol más resultadista del mundo, sin duda muy exitoso, con una receta medio cocoliche: Tombolini; Mancinelli, Papparatto, Botinelli y Tagliafico; Camoranesi, Steffanatto, Zucculini , Capobianco y Pittinari; y arriba Sperdutti solo. DT: Falcioni. El cuarto pretendía un equipo más cosmopolita y elegante, otro ideal inmigratorio: Champagne; Estevenaux, Cooper, Zurbriggen y Fideleff; Esmerado, Prediguer, Fritzler; Imbert, Wagner y Mouche. DT: Russo. Para el quinto, los demás eran todos una manga de convencionales. Para él, la posta era el fútbol bizarro. Además de un doble cinco, en el arco ponía dos arqueros, los dos de Colón, Pozo y Bailo. El resto lo tenía clarito: Turus, Argacha y Papa; Bardín y Canuto; Torassa, Óbolo, Gino Clara y Ftcla. DT: Torrente.
Yo que anotaba todo con disimulo en servilletas semitraslúcidas iba imaginándome otros posibles. Uno geográfico con Islas, Lagos y Ríos, otro de próceres con Saavedra, Sarmiento y Moreno, y hasta uno anal con Ortigoza, Hoyos y Malano. Pero no quiero meterme mucho en temas que no conozco, así que me limito a transcribir lo que oí. Si alguien sabe tanto de fútbol como los tipos del bar y se anima a proponer otro equipo, yo tomo nota con todo gusto.
jueves, 18 de agosto de 2011
Sentimiento indestructible
Por Hilario González
River Plate tu grato nombre arrancó su viaje exótico por las tierras inexploradas de la B Nacional. Un torneo muy difícil que no hay que subestimar, repiten los agoreros que alimentan el morbo de señoras que no saben nada de fútbol pero opinan en las verdulerías acerca de la triste realidad riverplatense. Porque en la B Nacional juegan hombres de patas peludas y dientes torcidos como hombres lobo y te van a hacer sentir el rigor de la categoría. Casi cualquiera habla de River y repiten lo que escuchan sin saber lo que pasa.
El panorama de las frases hechas en este tiempo muerto desde que el ascensor bajó a la B y hasta ayer, que por fin se abrió la puerta del túnel del Monumental, nos pintaba el viaje por la B Nacional como si fuera una travesía china por un paisaje desolador. Dicen que River va a viajar más de 1.000.000 km en un tour nefasto organizado por la Momia y Silvio Soldán. Parece que nos van a comer los caníbales, que los jugadores de la B Nacional fueran gladiadores, campeones de lucha libre, asesinos corta piernas o tuberculosos que si te escupieran te sacarían ampollas en la piel. El viaje por la B Nacional es un arreglate como puedas con dos fósforos y tres empanadas y estás en bolas en una isla salvaje donde la arena te calcina los pies y los nativos tienen porongas de 45 cm.
Para colmo la noche del debut, el histórico martes 16 de agosto de 2011, era horrible. La lluvia y el frío hacían presagiar la presencia del Yeti como forma palpable del fantasma de la B. Era una noche para el crimen, la antesala de una ejecución programada. Y, para abonar el aire mortuorio, River jugaba nada menos que con Chacarita.
Para sumar un poco más a la teoría del terror les quiero contar una historia que me llegó los otros días y no sé si la estoy robando de algún lado o lo soñé. La historia de un partido memorable entre empleados del cementerio de la Chacarita: Nicho Vs. Tierra. Los de Nicho eran más altos, flacos y pálidos. Los de Tierra, en cambio eran más bien morrudos y oscuros. Todo eso producto de que sus actividades diarias habrían moldeado sus cuerpos o bien debido a la selección de personal que hacía escrupulosamente la administración del cementerio. El partido se jugó en un terreno baldío que había entre las últimas tumbas y las vías del San Martín. Esa noche había niebla, llovía mucho y la cancha era un barrial. No había casi nadie mirando. Tan sólo un viejo linyera que estaba sentado sobre un carrito de supermercado, detrás de uno de los arcos. El hombre miraba atentamente las acciones y gracias a él la historia llegó hasta nosotros. El linyera contó que a poco de empezar, el partido se hizo áspero. El agua de lluvia y el barro lo hacían más espectacular. No había réferi, por supuesto y no se cobraba nada de nada. Era un partido entre hombres, por el honor o por quién tenía más huevos o la tenía más grande en el cementerio. Se jugaba poco, se pegaba mucho. La pelota flotaba de aquí para allá. La tierra se removía por los pisotones y las barridas de los jugadores y, entonces, de entre el barro empezaron a aparecer los primeros huesos. Los de Nicho y los de Tierra estaban tan enfrascados en su lucha que no se dieron cuenta. El hombre sí, el prestó mucha atención a lo que sucedía, pero no dijo nada. Sin proponérselo los protagonistas, el match entre Nicho y Tierra se transformó en un ritual satánico y cuando la lluvia se hizo más intensa y la noche más negra, ahí empezaron a salir los muertos. Al principio, todos ponían. Todos contra todos, como ciegos debajo de la lluvia torrencial. Pero pronto los zombies, uno a uno, fueron perdiendo el interés y se escaparon del cementerio en todas las direcciones. Cuenta el viejo linyera que vio varios de esos zombies jugar en la B Nacional. Así que no es de extrañar el mito ese de que el campeonato del ascenso es verdaderamente monstruoso.
Fui a la cancha, decía, a presenciar el arranque de River en la B Nacional. Fui con mi amigo Guille. El mismo que me llevó la primera vez al Monumental. Fue en algún momento de 1976. Estábamos charlando a la salida de misa. La familia de él y la mía. River jugaba esa misma tarde. Éramos chicos para ir solos. Guille dijo que iba y yo me moría de ganas, entonces mi mamá dijo que me iba a llevar, pero el padre de Guille se ofreció gentilmente. No me acuerdo con quién jugaba River. Por ese entonces, faltaba cerrar una parte de la herradura, todavía no estaba la tribuna donde ahora está el cartel electrónico y me impresionó que se podía ver el Río de la Plata. Esa tarde, la cancha estaba llena, el cemento se movía, había olor a panchos y a goles. Y esa tarde grité un montón. Y a esa tarde le siguieron muchos campeonatos felices, muchísimos, muchos más de lo que pueden decir otros. Por eso, yo asocio ir a la cancha con la felicidad. Siempre. A pesar de todo.
Entonces, Guille me llamó el lunes y me dijo de ir. Nos pareció simbólico que arrancáramos juntos el tan temido periplo por la B Nacional. Era como empezar de nuevo. Y ni bien entramos, los viejos miedos nos saludaron.
Las tribunas estaban colmadas de hinchas masoquistas que no creyeron en los pájaros de mal agüero que fabricaban las frases hechas. Nos hermanaba la desgracia y encontrábamos en el otro un brillo extraño en unos ojos de laucha y en los pelos de nutria sobre la cara y todos teníamos un rictus nervioso como soldados en la lanchas del desembarco en Normandía.
Era el día D. Había que estar llueva o truene. En el entretiempo, el agua corría por nuestras cabezas y espaldas y los monstruosos jugadores de la B Nacional ya no nos parecían espectros de seis cabezas, sino tipos normales, laburantes mal entrenados y torpes como cualquiera de nosotros o antiguas glorias que ya estaban de vuelta y mostraban sus últimas artimañas para sacar el partido adelante.
Al final, cuando el triunfo se había consumado, me pareció escuchar el aullido de unos lobos o era el ulular de un monstruo que se iba del Monumental para dar paso a la realidad. Pero no, no era nada de eso, era el rugido de la gente, la expresión de ese sentimiento indestructible del que me siento orgulloso.
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