sábado, 6 de septiembre de 2008

Los 10 Jugadores más Laguneros que vi (I)

por Fabián Preciado

Lagunero* es aquel futbolista dotado con un talento inigualable, poseedor de una clase digna de los genios, pero que lamentablemente no encuentra un equilibrio psíquico para consolidar una constancia en el desarrollo de su virtuosismo.
Lagunero es aquél que juega bien cuando se le da la gana, combinando destellos de su genialidad con omisiones inexplicables en cualquier partido, no importa si se trata de una final de campeonato o la primera rueda de una Copa de Leche.
A continuación, un decálogo de los jugadores más laguneros que me tocó ver. Por supuesto que la lista (como todo capricho) está incompleta y desde ya se aceptan sugerencias. Eso sí, los que están, han hecho méritos suficientes:

1- Claudio "Bichi" Borghi: Dicen que cuando Silvio Berlusconi lo vio jugar se le iluminaron los ojos porque al fin podía contar con "Su" Maradona (sus enemigos humildes del Nápoli ya contaban con Diego y sus enemigos ricos de la Juve tenían a Platini). Pero el Bichi nunca pudo afianzarse en el AC Milan y terminó deambulando por clubes europeos de poca monta.
Sus mejores años sin dudas transcurrieron en Argentinos Juniors, donde fue fundamental para la obtención del Nacional 85, la Copa Libertadores del mismo año, y figura en la mítica final Intercontinental que el Bicho perdió con la Juventus en Japón.
Jugador de una clase magistral, famoso por sus rabonas maradonianas (aunque era derecho), parecía destinado a suceder al Diez pero lamentablemente no estuvo a la altura de las circunstancias.

2- Rubén "Mago" Capria: El paradigma del jugador lagunero. Excelente número diez producto de las inferiores de Estudiantes de La Plata, recaló en Racing en el Apertura 95. Una de las mejores pegadas que he visto. Se cansó de hacer goles de tiro libre al tiempo que se cansaba de… jugar.

3- Ángel "Matute" Morales: Enganche de gran habilidad surgido de la cantera Roja. Cerebral, bochinesco, siempre se las arreglaba para ver el claro donde meter un buen pase de gol. Debutó en Independiente en el 94 pero como no tenía lugar lo prestaron a Platense, donde la rompió. Volvió un año después para jugar en el equipo de Menotti, y fue figura.
Por un receso en los increíbles calendarios de AFA, se fue con Menotti a la Sampdoria faltando cuatro fechas del Clausura 97, estando Independiente puntero.
Independiente perdió ese torneo y al año siguiente Matute volvió al país para jugar nada menos que en el Racing de Cappa, donde cumplió un gran papel. Al irse Cappa fue vendido a Mexico y nunca más volvió a ser el mismo. Algunas lesiones y su esencia lagunera lo confinaron al montón de jugadores que triunfan en México pero que una vez que vuelven al país, jamás pueden afianzarse futbolísticamente.

4- Fernando "El Rifle" Pandolfi: No es común encontrase con delanteros habilidosos, de esos que hacen 40 dibujos ahí en el piso, pero toda regla tiene su excepción y el Rifle era eso.
No obstante, era hombre un multifacético que prefería la guitarra en lugar de la redonda, cosa que no está mal... pero bueno, así le fue.
Producto de esa generación dorada que asomó en Vélez Sarfield durante los noventa, su corta carrera (de tan solo nueve años), le sirvió para demostrar - a cuenta gotas- condiciones propias de un fútbol de otra época.

5- Cristian Bassedas: Casualmente, otro jugador surgido de Liniers con carrera escasa (1991-2002). Cuentan los hinchas mayores de 30 años, testigos de sus primeros años en el Fortín, que jamás habían visto a un diez velezano con tanta clase e inteligencia. Sin embargo, sus mejores años quedaron allí, en el José Amalfitani, donde obtuvo nueve títulos, entre campeonatos locales, Copa Libertadores, Copa Intercontinental y otros torneos menores. Como todo lagunero, en muy pocas finales de los logros mencionados fue gravitante, y por eso algunos también lo llamaban “pecho frío”. Por lo general, se lucía cuando sabía que el técnico de turno de la Selección lo estaba observando.

Los 10 jugadores más laguneros que vi (II)

por Fabián Preciado

6- Adrián "Máquina" Giampietri: Enganche proveniente de las inferiores de Quilmes. Poseedor de una displicencia propia de la escuela bochinesca, nunca logró cristalizar sus condiciones debido, un poco a sus delirios de grandeza y otro tanto a la birra y el rocanrol (?). Un fenómeno el Máquina, lo vi jugar un par de veces en la cancha de Quilmes gracias a una novia que tenía y me llevaba “a ver al Cervecé”. Lamenté mucho viéndolo deambular sin suerte por clubes de segunda categoría en Europa y otros del ascenso local.

7- Federico “Pocho” Insúa: Formado futbolísticamente en el Club Parque y después en Argentinos Juniors. Enganche habilidoso, de buena pegada, mejor panorama y mucho gol, también jugó en Independiente y en Boca (ahora en México). Nunca lo vi jugar bien un partido entero. Cuando no pide el cambio se va de la cancha moralmente. Su cuerpo queda pero su mente pareciera estar en otro lugar. Sin embargo, donde jugó ha dejado su huella definiendo cosas importantes con sus goles de tiro libre o sus asistencias a los delanteros

8- Giovanni Hernández: El único extranjero de la lista. Excelente alumno de la escuela lagunera colombiana, aquella que tiene en el Pibe Valderrama su mayor expresión. Giovanni jugó en nuestro país para Colón de Santa Fe.
Número diez capaz de definir él solo un partido (de hecho no definió uno sino varios), desaparecía de los partidos cuando su equipo peor la pasaba. Otra de sus especialidades era lesionarse bastante seguido por razones que aún se desconocen.
Colmó la paciencia de los dirigentes sabaleros con la enésima escapada a su tierra natal, otra de sus costumbres.

9- Leandro Gracián: Otro jugador de Vélez pero juro que no existe animosidad. Apareció en la primera en el año 2001, bajo las órdenes de Carlos Ischia. Sin embargo, al igual que ahora en Boca Juniors, el técnico prefería a otros jugadores en su posición.
Gracián se consolido en primera recién en 2005 de la mano de Miguel Russo (otro técnico que también tuvo en Boca) siendo conductor y figura del Vélez Campeón en el Clausura de aquél año. Solo eso. Un campeonato y algunos partidos de Copa Libertadores para demostrar su condición de crack. El resto de su carrera es lo que ya conocemos, una enorme laguna.

10- Pablo Barrientos: La última joyita del fútbol laguneril. Comenzó su carrera en la CAI de Comodoro Rivadavia pero debutó en primera en San Lorenzo de Almagro en 2003. Formó parte de esa oleada de jugadores de 21, 22 años que se fueron tras los euros de los magnates rusos. Jugó en el FC Moscú sin demasiada trascendencia y en 2008 volvió al Ciclón. Con apenas 23 años ya lo mandaron de vuelta. Teniendo en cuenda que por su pase a Rusia (y en Rusia misma) ganó mucho dinero, podría decirse que ya está “hecho” y es el típico talento que en un par de años va a estar jugando en algún equipo chico de primera, para luego terminar jugando en Platense.


*No confundir el concepto de Lagunero con el de Pecho Frío. Un jugador Pecho Frío (tema que trataremos en alguna otra oportunidad) es el que, teniendo talento, suele brindarlo en partidos intrascendentes, donde por lo general, además, convierte goles que no le importan a nadie. Cuando de verdad se lo necesita, simplemente se "borra", se hace echar, o se tira al piso acusando una lesión a los 30’ del primer tiempo.
Por eso es que no entraron en este decálogo el Rolfi Montenegro, Maxi Moralez, Damián Manso, Ezequiel González, Marcelo Gallardo (en sus últimos años), Darío Cabrol y Lucho González, entre otros pecho fríos.
Después de ganar el Pan y Queso podríamos elegir a un Lagunero en el equipo. A un Pecho Frío jamás.

martes, 2 de septiembre de 2008

Los números de Boca

por Fabián Preciado

Estaba en casa ojeando unos Gráficos viejos y vi una foto que nunca más me voy a olvidar. Porque es una imagen que desgraciadamente me tocó ver en vivo y en directo.

A mediados de los ochenta, estuve involucrado involuntariamente en una disputa entre un joven y su padre. El tema es que ese muchacho de casi veinte años era mi hermano, y su papá era también el mío. Mi hermano es hincha de Racing, fanático. Mi viejo, de Boca, y aunque a esa edad había dejado un poco de lado su fanatismo, ya había tolerado que sus cuñados le hicieran hincha de otro equipo a su primogénito, y no estaba dispuesto a que su segundo hijo se le escapara por la misma senda.

Futbolísticamente hablando, fueron años muy prolíficos para mí: Racing estaba en la B y gracias a esta disputa que mencioné, iba los sábados a ver a Racing, y -a veces- los domingos a ver a Boca. Tenía ocho años.

Un domingo Boca jugaba contra Atlanta, y mi papá decidió que era una buena ocasión para ir a la Bombonera. Era una época jodida para Boca: los profesionales no iban a jugar porque estaban de huelga. No les pagaban. Boca presentaba a la cuarta.

Cuando por fin salieron los equipos, se generó una confusión que increíblemente nadie había previsto: ambos equipos pensaban jugar con sus camisetas "titulares" que, ya sabemos, tienen los mismos colores. Inmediatamente, el árbitro del partido mandó a cambiarse a los jóvenes jugadores xeneizes (por ser los locales) y marcharon nuevamente hacia el vestuario.

Impacientes, después de unos minutos la gente se empezaba a preguntar cómo podía ser que tardaran tanto. Habrán pasado unos diez, doce minutos. Cuando los muchachos volvieron a salir por el túnel, la parcialidad local quedó estupefacta. Hete aquí el porqué de la tardanza. Al parecer los utileros de Boca no contaban con un juego de camisetas alternativas, y no se les ocurrió mejor idea que vestir a los jugadores con unas remeras de entrenamiento blancas y pintar, sobre cada una de sus espaldas, unos números muy mal dibujados con fibrón negro. Sí, era Boca. Boca Juniors jugando en la Bombonera, dando uno de los espectáculos más vergonzosos de toda su historia. La gente no lo podía creer. Los más osados se rieron. La mayoría, en cambio, principalmente la gente grande (como mi papá) primero se indignó, luego se llenó de bronca e impotencia, y por momentos quedó al borde del llanto.

Para peor, con el correr de los minutos la transpiración hizo que los números destiñeran y que sobre las espaldas de algunas camisetas se formaran verdaderos garabatos. Como no podía ser de otra manera, Boca perdió. 2 a 1.

A pesar de que Racing no estaba mejor, mi viejo no iba a hacer sufrir a un hijo. Desde aquella vez, dejó de llevarme a la Bombonera y ya no me insistió más con que me hiciera de Boca.


¿Pito?

por Fernando Aíta


Antes de que repitiera tercero y dejáramos de vernos, Matías Morán me dijo que iba a estudiar para referí.

Medio burro, no muy popular, buen pibe, alto, morocho, pelo al hombro y dientes de caballo, si se ponía nervioso tartamudeaba. Me acuerdo lo que le costó putear a Castro, el profesor de matemática que lo bochó en marzo. Le gustaba el fútbol, mucho, y no jugaba mal, ni tampoco lucía: sobrio en el fondo de la cancha, la reventaba sin pudor, ganaba de cabeza, tocaba preciso. Atlético y amigo del profe de gimnasia, no era de los que elegían últimos en la pisada.

Me dijo: Cuando termine el secundario, voy a hacer el curso de réferi. A mí me gusta seguir la jugada de cerca, mirar atento, ver si es fau o no. A veces dirigí partidos en la quinta. A mí me divierte, más que jugar. Hay que correr. No perdés nunca. Y conocés a todos los jugadores. Así decía.

En esa época, Lustó, Crespi, Aníbal Hay, Mario Gallina se vestían de negro y no les hacían reportajes. Te llegaban los nombres por el diario o la radio, los resúmenes de los partidos, o en la cancha si todos coreábamos, por ejemplo, “Lamolina, hijo de puta, la puta que te parió”. Pero si no había jugadas enquilombadas, nadie se enteraba de quién era el cuervo.

“Te van a cagar puteando”, creo que le dije.

Pensé en los árbitros de los torneos de papi infantiles, que hacen extras los fines de semana. Y peor, en los tipos de los campeonatos de grandes que se armaban los días de semana a la noche en la placita, cuando Sagol lo dejó a Gimnasia alambrar la cancha. Todos equipos de amigos y vecinos que venían jugando juntos desde pibes: muchos cracks fisurados y promesas incumplidas que se cagaban a baile. Dos por tres se armaba escaramuza entre esquinas rivales y terminaba en batalla campal. Trabajo insalubre y mal pago.

Los réferis viven de otra cosa, pensé. Me acuerdo que en mis años de cadete me cruzaba seguido con Olivetto en la casa central del Banco Provincia. El línea Otero era profesor de Sociedad y Estado en el CBC de Avellaneda. Giménez es sargento. Me pregunto a qué se habrá dedicado Morán. Los padres tenían una talabartería.


jueves, 28 de agosto de 2008

Los más cabuleros del mundo

por Fabián Preciado

No es una exageración: en nuestro país, donde el fútbol despierta iguales pasiones que, pongámosle, la patria, lo que comúnmente se conoce como "cábala", tiene una importancia que de ninguna manera se puede soslayar. Todas las personas que de una u otra manera están ligadas al fútbol tienen una o más "cábalas". Hinchas, jugadores, entrenadores, utileros, hasta los árbitros las tienen. Puede tratarse de un objeto, una costumbre, gesto y hasta un discurso, como el célebre "inflador psicológico" acuñado por Eduardo "Toto" Lorenzo en la década del setenta. Hasta hay un cuento de Fontanarrosa –“19 de diciembre de 1971”, donde la cábala de un grupo de hinchas es otro hincha– que mucha gente cree que es una historia verdadera.

Ejemplos como este último sobran y citarlos redundaría en algo en lo que todos estamos de acuerdo: Pareciera ser que somos los más cabuleros del mundo. Sin embargo, lamento decirles hermanos míos que una vez más, nos birlaron el primer puesto:

En enero de 2002, las autoridades de la Confederación Africana de Fútbol decidieron erradicar este tipo de prácticas prohibiendo la contratación de "asesores espirituales" o hechiceros, por parte de los seleccionados que participarían de la Copa África, disputada en Malí. Los argumentos, como siempre pasa en este tipo de situaciones, fueron bastante pueriles y nefastos:

"No podemos dar una imagen de Tercer Mundo".
"Se trata de una creencia antigua que no funciona en el fútbol moderno"

En aquél entonces, como para justificar la arbitraria medida, muchos recordaron el escándalo que protagonizaron entre Nigeria y Senegal durante la edición anterior del torneo, cuando estos últimos ganaban 1 a 0 a 15 minutos del final e intempestivamente ingresó al campo de juego el utilero nigeriano para arrancar un pequeño talismán que colgaba de la red del arco rival. En momentos en que se lanzaba a la carrera con el objeto en sus manos, algunos jugadores senegaleses corrieron hasta alcanzarlo e intentar, golpiza de por medio, recuperar el colgante. La reacción de los nigerianos no se hizo esperar y acudieron en socorro del auxiliar, generando lugar a una tangana histórica que tardó varios minutos en ser dispersada por los árbitros y las fuerzas de seguridad presentes en el campo de juego. El partido se reanudó sin que el amuleto apareciera y en los 15 minutos restantes Nigeria dio vuelta el resultado. El auxiliar fue suspendido de por vida por la Confederación pero recibido como un héroe nacional a su regreso (el partido se había disputado en Ghana).

No obstante en 2002, no contentos con la prohibición en Malí, las autoridades estaban decididas a sancionar de una manera ejemplar a quienes violaran la norma, y en este caso quien pagó el pato fue nada menos que Tomás N'Kono, recordado guardavalla camerunés en los mundiales de 1982 y 1990, que ya retirado de la actividad, en 2000 era entrenador de arqueros de su selección. Parece ser que las autoridades, se hicieron eco de una denuncia anónima y no dudaron en apresar a N'Kono ni bien pisó el césped en la salida de su equipo, antes del partido semifinal contra el seleccionado local. Sin que previe ningún tipo de aviso, N'Kono fue esposado por varios agentes, reducido y retirado a los golpes del campo de juego. Al llegar a la boca del túnel, el camerunés ensayó un atisbo de resistencia a la autoridad y esta no dudó en apurar el trámite arrojándolo escaleras abajo para interrogarlo directamente en el vestuario. Como suele ocurrir en estos casos, aunque nunca comprobaron las prácticas espirituales de N'Kono, igual lo suspendieron por un año bajo la inquisidora acusación de "brujería".
En realidad, todavía se sospecha que todo aquello fue una puesta en escena para favorecer a los locales que ni así pudieron llegar a la final: Camerún los derrotó por 3 a 0, pasó a la final y luego salió campeón. De cualquier forma, desde aquél entonces se mantiene la prohibición para los equipos nacionales de África de contratar a estos curiosos colaboradores, que no le hacían mal a nadie, menos al fútbol.

Por suerte para nuestro fútbol, los dirigentes locales no creen que estas cosas perjudiquen al deporte y jamás se les ocurriría mandar esposar a Mostaza Merlo por hacer los “cuernitos”, ni ordenarle a Ramón Díaz que deseche la camisa celeste que tantas satisfacciones le ha dado.

lunes, 25 de agosto de 2008

Somos campeones la puta que los parió, por Mariano Fiszman

Este bardo, agarra hoy su lira,
y pasa al frente como Mascherano,
como Aguero con Brasil pone la mano
pegadita, y la hinchada delira.
¡Oro tenemos, oro, oro puro!
Y a los brasucas también les dimos duro.

Ese triunfo con sabor tan especial,
no me hace olvidar de las derrotas
pero viene a alegrarme el corazón.
A veces, uno ve a un jugador
como Messi, llevándose a un rival
colgado, otro atrás, y la pelota...
ve los dibujos del fútbol en el suelo,
y no entiende, pero sabe que está ahí,
que lo tenemos, que esta vez es nuestro:
¡lo tenemos por fin, al Nuevo Diego!

Y la hinchada se enloquece de alegría,
cuando ve muchos dientes apretados,
el pie firme, la marca combativa,
si hasta Gago se anima y roba alguna,
después cae, como siempre, en su laguna,
y al final nos salva el pibe Di María.

¡Es la Virgen que está de nuestro lado!
¡Y Pareja! ¡Y Zabaleta! ¡Y Grondona!
El Checho dijo: hay que estar armados
y esperar que los genios una meten,
y Román, con su cara de llorona,
a Brasil se la metió por el ojete.

Del primer día que jugamos en China
demostramos que somos Argentina,
que lo tenemos, que el fútbol no murió,
y a los negros de Nigeria y de Brasil,
a los de Holanda y de Costa de Marfil,
gritarle a todos: ¡La puta que los parió!