lunes, 28 de junio de 2010

El ser nacional maradoniano

En el año ‘87 aprovechamos con mi mujer la luna de miel para viajar a Italia, donde vivía mi cuñada. Queríamos ver qué posibilidades teníamos de establecernos allá.

Yo estaba muy deprimido con las cosas que estaban sucediendo acá, con Alfonsín y la ley de obediencia debida y del punto final, de las que ya se estaba hablando; con el plan Austral que entraba en picada; con los reclamos sociales (justificados) de la gente que no tenía tiempo para esperar; y con el peronismo y sus paros que tampoco le daban aire a una democracia temblorosa. Me rodeaba una atmósfera de frustración y un profundo enojo no paraba de crecer dentro mío. Me quería ir al carajo.

En Milán, la nieve y la lluvia no nos abandonaban en todo el día y a las cuatro de la tarde se hacía noche cerrada. Pronosticaban la navidad más fría del siglo y caminar por la ciudad vieja nos obligaba a tomar algo reparador cada tanto, un café, una grapa o las dos cosas.

El bar era largo y angosto, tenía una antigua barra con mostrador de mármol y unos taburetes altos para nada cómodos que invitaban a hacer corta la visita. La pared del fondo del local estaba decorada con un poster gigante del equipo de Milán campeón de la Eurocopa 1980. La pared opuesta a la barra estaba tapizada con una bandera roja y negra que la cubría de punta a punta y de techo a piso. Sobre la bandera se amontonaban infinidad de camisetas y retratos de jugadores del Milan AC de todas las épocas y una casaca de “la squadra azzurra”, enmarcada tras un vidrio, que a la distancia parecía estar firmada por varios jugadores.

Mirando de frente a la barra, en el lugar más destacado del local, había un poster tamaño natural del Diego con la camiseta del Nápoli. Si hubiera sido una iglesia, diría que estaba ubicado sobre el altar mayor, iluminando a un joven Cristo de rulos rodeado de todo ese fanatismo rossonero.

El hombre mayor que atendía y aparentaba ser el dueño, hablaba animadamente con algunos parroquianos en un milanés bastante cerrado, imposible de seguir. Hicimos nuestro pedido y, como era de rigor, con la buena predisposición italiana (o curiosidad), nos preguntó de donde éramos.

¡Para qué!

"Argentina, Argentina, Maradona, il massimo idolo, è sacro come un dio. Noi adoriamo a Maradona, come a San Gennaro… Benedetto, Diego…”. El hombre casi lloraba de la emoción.

No lo podíamos creer. Era como estar en un bar en la esquina de la cancha de Boca y que me dijeran que el Beto Alonso era más que San Martín o algo así.

Terminamos el café y salimos al frío europeo. Mi sensación era contradictoria. Me había ido del país porque no me sentía parte, me parecía que iba a contramano de todos mis compatriotas, que no quería pertenecer a este lugar, a esta gente.

Sin embargo, cuando salí de aquel bar, sentí en el pecho que un argentino había podido hacer algo imposible. Que yo había nacido tres días después que él y vivía cerca del barrio donde había jugado de chico. Y que por más que yo quisiera, nunca iba a poder romper los lazos con mi propia historia.

8 comentarios:

  1. emotivo reencuentro con lo de uno.
    me recuerda la historia de un periodista gráfico que salvó su vida frente a unos soldados en Afganistán sólo por decir el nombre de D10S.

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  2. Me encantó José, hasta las lágrimas. Últimamente estoy como llorona de velorio, me nombran a Diego y flaqueo.

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  3. Diego es el mejor Canciller que se puede tener: hay mil historias de argentinos que cruzaron fronteras y abrieron puertas invocando ese apellido mágico.

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  4. Muy bueno Jose. El estímulo que provoca el diego es inevitable.
    Fede

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  5. Ivierno 87. El peor. Nieve. Hielo. Sin duda. Me recuerdo. Y Diego jugando por la primera vez en francia frente Tolosa. El unico raz de calor de la temporada.

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  6. Buscando información sobre la desilusión del último mundial llegué a este blog, leí tu artículo y de repente el mundial dejó de ser mi interés principal, desplazado por lo que tan bien describiste como el sentimiento de arraigo, de la historia de uno.
    Tu relato me conmovió. No contás si volviste al país o si te quedaste allá. Espero que si regresaste te hayan vuelto a recibir con cariño y afecto, con las puertas y los brazos abiertos. Lo digo porque en Argentina lamentablemente hay muchos compatriotas que se tuvieron que ir y sus familiares (guíados por no sé qué)los ven y los tratan como casi extraños. Muchos tienen que rogarles que los vuelvan a aceptar, muchos se quedan en el exterior porque nadie les manda un mensaje auténtico de bienvenida y marchitan lejos de los suyos.
    Durante tu estadía europea, tuviste otras vivencias que desataron los mismos sentimientos que aquella anécdota milanesa ?
    De antemano te agradezco por tu relato y por tu respuesta.
    Claudio Ferrer

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  7. Claudio:
    Agradezco tu comentario.
    Aquella aventura europea terminó pocas semanas despues. Regresamos a nuestras familias y trabajos. Creo que uno termina aclimatándose a la realidad que lo circunda. Además los años pasan, crecen los hijos que ayudan a hechar raices más difíciles de transplantar.
    Si miro después de casi 25 años y hago las cuentas de la vida, digo que tengo un buen resultado, como un empate 4 a 4.
    También te comparto que por cuestiones de trabajo me tocó ir a Estados Unidos algunas veces y me quedé con la sensación que los probables beneficios de tener una vida economicamente mejor, no sé (realmente no lo sé) si pagan los dolores de extranjería, la perdida del idioma y la distancia.
    Un abrazo.

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  8. José Luis,

    Te agradezco por tu respuesta.
    Me alegro que tus familiares te esperaban al regresar al país. No entendí bien a qué te referís con el "empate 4 a 4".
    Estoy realmente impresionado con lo rápido que sentiste tu lazo con tu historia a pesar de tu muy corta estadía europea. Es un tema interesantísimo. Conozco bastante gente que se tuvo que ir y a ese dilema que describiste ("... la mejoría económica compensa los dolores de la extanjería ?")la abrumadora mayoría responde: No, no compensa. Aunque plantearlo en términos de opciones sería por lo menos discutible ya que muchos se fueron de manera bastante forzada. Muchos de ellos quieren volver, guíados por ese lazo con su historia que sentiste en Milán. Sin embargo, volver para ellos es todo menos fácil. Es doloroso ver que en nuestro país sucede algo similar a lo que sucedió en España desués de la guerra civil con los que quisieron regresar. Hay muchos casos que sus familiares son indiferentes a los padecimientos del desarraigo y los tratan con una actitud distante como si ya no hubiese la confianza de antes. Algunos hasta abusan de su ausencia para desheredarlos a escondidas haciendo trámites poco escrupulosos y/o los marginan de los asuntos/lazos familiares. Estos mensajes de rechazo duelen porque rompen los vínculos afectivos que parecían inquebrables y dificultan enormemente el retorno.
    Po eso tu relato es muy fuerte, porque habla de la importancia vital de ese lazo que uno tiene con su historia. Escribiste otras cosas sobre este tema ?

    Un abrazo
    Claudio Ferrer

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