lunes, 9 de junio de 2008

Pasión de multitudes, por Mariano Fiszman

Tengo turistas brasileros en casa. Hablamos de fútbol. El miércoles vimos Boca Fluminense. Al final me miraban con cara sincera de qué lástima, eh. Qué mala suerte. Justo ese rebote, ese tiro libre ahí. Pero jugaron bien, jugaron bien, como una palmadita en la espalda de un familiar del muerto. Por suerte llegó el domingo. Volvíamos de pasear escuchando el partido de River en el auto cuando terminó. Empecé a alabar la gran historia de triunfos del Millo. Por el carril de la derecha pasó un loco tocando bocina. Levantamos las manos. El viaje era largo, pero ese fue el único asomo de festejo que vimos en toda la noche. Las calles siguieron frías, calladas y cada vez más oscuras. Antes de tratar de explicar lo inexplicable me los llevé a una pizzería bien porteña para ver el partido de la Selección. Fugazzeta y Fainá. Messi, Agüero y Mascherano. ¿Querés fútbol? Ahora vas a ver fútbol. Pero no. Comimos bien, gracias. En una mesa a nuestras espaldas un padre y dos hijos, los tres con el mismo buzo rojo de River, eran el único testimonio viviente de nuestra gran pasión popular. Cuando nos levantábamos para irnos, el gallego agarró el control remoto atrás del mostrador y puso Fútbol de primera. Apuré la salida. La calle estaba más callada y más fría. Yo iba pensando en el Cani y en Diego. Si se pudiera elegir con qué soñar, anoche los habría elegido a ellos. Después entramos a casa y cada uno se fue a su pieza. No sé si los brasileros pusieron la tele para ver los goles. Yo me acosté temprano. Enterré la cabeza en la espuma. No soñé nada.

1 comentario:

  1. Muy bueno.
    ¿Cuál es nuestro vínculo futbolístico con el Brasil?¿Nuestro terror cuando los enfrentamos? ¿Qué ellos también nos tienen un poco de miedo? ¿La fascinación por el vecino?

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