viernes, 24 de agosto de 2012

Acerca del barullo actual (I)



Pensándolo con frialdad y sin apasionamientos –un día martes por la tarde, por ejemplo, entre 24 y 48 horas luego de finalizado el fin de semana futbolero-, podríamos decir que existen varias formas de encarar la problemática del mal juego en la Argentina de nuestros días. Una de ellas, muy práctica y procedente de la observación directa, sería sentarse frente al televisor a ver el próximo partido (¿All Boys – Tigre? ¿Lanús – Racing? ¿Belgrano –Newell’s?, lo mismo da) y contar los pases. Sólo apoltronarse y contar. Hacer una cuenta mental y contar los pases al compañero, aquéllos que podrían ser considerados pases “bien hechos” o “bien dados”. La propuesta al lector es que cuente las entregas de balón entre jugadores del mismo equipo, y que las vaya sumando de a una por vez. Por ejemplo: pase del arquero al 2 (uno); del 2 al 5 (dos); del 5 al 3 (tres), y así. Con la única condición de que por supuesto al verse interrumpida esta cadena sumatoria deberá volver a cero y comenzar de nuevo. Hecho esto, se dará cuenta de que con una pasmosa rapidez se regresa al punto de partida (o punto 0): 1, 2, pelota al aire (0); 1, 2, a dividir (0); 1, 2, 3, 4 (!!!), pelota afuera (0…). Uno, dos, cero. Uno, dos, cero. Uno, dos, tres, cuatro, cero, será poco más o menos el patrón.

Esto por un lado. Pero si tiene ganas y tiempo libre, también puede hacer el siguiente ejercicio: contar la cantidad de veces que dicha suma de pases al compañero llega a 4 o a un número superior. Notará con claridad que estas ocasiones son pocas. Muy pocas.

Hablando mal y pronto, no damos cuatro pases seguidos.

Entonces, primera conclusión a la que podríamos llegar, vital y que tiene que ver estrictamente con el juego: el fútbol argentino se encuentra en una crisis profunda porque ha perdido el desarrollo de lo que quizás sea su gen primario.

Esta casi desaparición del pase como comienzo generador (el “toque”, o eso que algunos se empecinan en emparentar directamente con cierta “identidad” sudamericana en el sentir del fútbol, por cierto cada vez más difusa) es el síntoma perfecto de un profundo declinar no sólo en el buen juego, sino también en la efectividad de nuestros equipos. Pero aún apareciendo como síntoma visible no deja de ser una punta de iceberg. Podría decirse que el bombazo hacia arriba puede verse como una conclusión, pero jamás como una causa.

Entonces, y dado lo complejo del asunto, al momento en que nos proponemos indagar acerca del por qué de tremendo problema generalmente la cagamos (perdón por el término, pero ahora mismo es lo que me resulta más gráfico). El nivel del debate no  suele superar la sobremesa alcoholizada, el griterío, y la muletilla “¿Sabés qué? El día que se vaya Grondona…”. Por eso, de ahora en más una propuesta podría ser abrir la discusión acerca de algunas supuestas causas, enumerarlas, dejarlas en evidencia, y soñar con un mundo nuevo de toque y devolución, sombreros, túneles, gambetas y falsas paredes.

Pienso, entonces, y sin intentar un orden objetivo, planteo la pregunta del millón: ¿Qué es lo que ha llevado al fútbol argentino a caer en este profundo pozo ciego, oscuro, fangoso, denso y horrible? ¿Eh?

Seguro que elaborar una respuesta unificadora llevaría tiempo y páginas pues las causas son muchas y variadas. Sin embargo creo creer que un par de episodios de hoy pueden valer de ejemplos como para comenzar.

Hace algunos días, en su edición online, el diario Marca español publicó una nota hecha a Maximiliano Rodríguez a propósito de su retorno al fútbol argentino tras su experiencia de una década en Europa. La misma se titula Maxi Rodríguez: “Se juega peor que hace diez años”(1), y allí el volante rosarino esgrime su punto de vista acerca de la predominancia de la lucha física ante la “estética”. El debate generado en los comentarios de dicha publicación ha sido extenso y variopinto, y salvo algunas excepciones no pasó de la discusión más burda acerca de qué fútbol es mejor, si el argentino o el español. O peor aún, qué país es mejor (!!!). Lo cierto es que ni los lectores ni La Fiera dicen nada nuevo, pero éste último logra al menos resumir en pocas palabras algunos males de la actualidad: miedo a perder, despido express de técnicos, presión de los hinchas, etcétera.

Casi al mismo tiempo, aquí en la Argentina se desarrollaba la tercera fecha del llamado Torneo Inicial, con dos sucesos –en mi humilde opinión- muy cercanos a la problemática que nos atañe. Por un lado, la violencia en Colón – Belgrano y Tigre – River Plate, y por otro las consecuencias de la luminosa irrupción de Ricardo Centurión en el Racing Club de Avellaneda.

La violencia (“barrabrava” o “no barrabrava”, verbal o física, dirigencial o entre jugadores), es otro tema monstruo, otro pilar fundamental de nuestro drama, que exige un análisis bien profundo y que desarrollaremos seguramente en otro momento.

Digamos por lo pronto que pensarlo sólo desde el vuelo rasante del botellazo o el cascote sería un error. Es decir, resumir el análisis a la trompada en la tribuna, la patada a la rodilla o el palazo del policía en sí mismos derivaría sólo en observar la parte más visible de un largo proceso que sin dudas se inicia en otros ámbitos ajenos al fútbol profesional.

El “Caso Centurión”, por su parte, presenta otros ribetes. Podría pensarse que la aparición de un chico que la pisa y que gambetea para adelante jamás podría ser motivo de preocupación, sino todo lo contrario. Cierto, 100 %. Que aún existan gambeteadores es una alegría grande para todos. Festejemos. Lo notable del asunto es la innecesaria mugre que se levanta alrededor, y que es siempre la misma: la ansiedad desenfrenada, los colmillos afilados y los buitres planeando por arriba, palomizados. Seis partidos en primera y 19 años de edad son suficientes para que se hable de “ofertas concretas”, con cifras y todo, sin que nadie se ponga colorado. El lunes posterior al clásico en el que Racing derrotó a Independiente 2 a 0 y en el cual Centurión fue figura, sufrimos el déjà vu. Ni un solo día pasó del clásico, y los mismos “comunicadores” que ayer se rasgaban las vestiduras por la fuga de talentos, la violencia, la falta de títulos de la Selección y la decadencia futbolística generalizada, presentaban en línea telefónica al representante del muchacho para que explique lo inexplicable: que no se intenta venderlo ahora, sino dentro de una temporada. No a los 19 (¡por favor, es muy chico!), sino a los 20…

Aplausos de la mesa y odas a la honestidad empresarial. Sólo faltó agradecerle el enorme favor que nos hace a todos.

¿Qué nos queda, más que llorar?

Por lo pronto, apagar el televisor. Y más luego…

Pues sin dudas resistir desde donde podamos, indagar, denunciar, aplaudir el talento y evitar el insulto. Eludir la ansiedad, luchar contra la instauración de un régimen de lo inmediato, plantarse ante la locura del “como sea” y desenmascarar a los atorrantes con corbata y micrófono.

Antes de apagar la tele, amargado y emocionalmente agotado, sintonizo el noticioso.

El Servicio Meteorológico Nacional dice que este podría llegar a ser el agosto más lluvioso de la Historia. “Es lo que nos toca”, pienso, y trato de calmarme con una estupidez: “en Londres llueve todos los días, seguro que están peor”. Sea como sea y aun a riesgo de ser obvio, le pido al cielo gris que el agua no nos tape, así la pelota no se sigue manchando.


Julián Carando


(1) http://www.marca.com/2012/08/17/futbol/futbol_internacional/argentina/
1345228894.html

2 comentarios:

  1. Muy buen analisis de la situación actual. GM

    ResponderEliminar
  2. Buen análisis.
    Siga profundizando, profesor.

    ResponderEliminar